La llamada de auxilio de nuestras salas de conciertos se tradujo en un coordinado y escalofriante vacío
Se había anunciado, con interrogantes, como el último concierto para el grueso de salas españolas en las que se celebra música en directo. Un centenar de ellas. La mayoría, cerradas desde el mes de marzo. Acumulando un total de 120 millones de pérdidas estimadas hacia final de año, si su situación no advierte solución. Un buen puñado de músicos habían anunciado su participación. Pero cuando comenzó la emisión en streaming a través de la web del evento, el 18 de noviembre pasado, lo único que se veía es una pantalla dividida en cien pequeñas ventanitas, a través de las cuales no pasaba nada. El silencio más absoluto. Músicos, pero también técnicos de sonido e iluminación, bookers, promotores, periodistas, riggers, runners y demás profesionales de una industria que se derrumba sin que a nadie más que sus directos interesados parezca importarle demasiado. Algunos de ellos rodeando el perímetro de las salas, en fila india, con mascarilla y guardando la distancia de seguridad preceptiva, como ha sido tónica absolutamente predominante en el sector. Otros, algunos músicos, subidos al escenario sin hacer sonar sus guitarras ni su voz.
Más de cien salas que integran el circuito básico de la música en directo en nuestro país. No solo el de las visitas internacionales de relumbrón, sino el de los directos de los músicos que están empezando, sin cuyo fogueo sobre los escenarios difícilmente podría hablarse de una escena consolidada de festivales y conciertos de gran formato. Las licencias no sirven, en la mayoría de los casos, porque no hay una casuística específica que diferencie las salas de música en vivo de las discotecas o los pubs. La burocracia es lenta. Y tampoco se hace mucho por agilizarla. Las aperturas, de haberlas (va abriéndose la mano tímidamente en algunas CCAA), conllevan tal restricción de aforo y una imposibilidad de utilizar los servicios de restauración que hacen prácticamente inviable su actividad. Mientras, en lugares remotos como Taiwan, ya se empiezan a celebrar conciertos para miles de personas, sin distancia de seguridad pero con mascarilla. Igual, vaya, que en cualquier medio de transporte público de nuestro país. O que en cualquier supermercado o gran superficie comercial. Nadie quiere incurrir en temeridades, ni incumplir normativas que se dictan por el bien común, pero cuando uno atiende a la contabilidad de brotes y contagios del virus por sectores y por actividades regladas o registradas en España, y comprueba de nuevo que las actividades culturales en vivo son las que menos incidencia registran – y con mucha diferencia – , es cuando se hace inevitable preguntarse si la música, la cultura en general, le importan un pimiento a quienes mandan, y además cobran (extraordinariamente bien) por ello.