Hemos sido espectadores de unas tensas elecciones en Norteamérica marcadas por el filtro de la música y nuestra incurable melomanía
Hemos vividos días pegados al televisor, siguiendo los resultados de las elecciones en Norteamérica con una atención inédita. Prácticamente podríamos sabernos de memoria los porcentajes de voto para demócratas y republicanos en territorios que en nuestra vida hemos visitado, pero nos resultan ahora tremendamente familiares: Ohio, Nevada, Arizona, Wisconsin o Pennsylvania. Quizá porque el mundo se jugaba más que en ninguno de los procesos electorales anteriores. Era todo un plebiscito: revalidar el populismo rancio y ultranacionalista que se extiende como una mancha de petróleo por medio mundo o ponerle coto con unas dosis de cordura. Fueron cuatro días de suspense (más del que pronosticaban las encuestas) durante los que afloraron los comentarios cínicamente ácidos y los memes ingeniosos, del palo de que si todos éramos expertos en virología, ahora íbamos a serlo también en politología aplicada a los más recónditos estados del midwest yanqui. Sí, nuestros cuñados (los cuñados siempre son los otros) también podían aventurar el resultado final del escrutinio en el condado de Maricopa, en el de Miami Dade o en los suburbios de Atlanta. Al final, se resolvió el intríngulis, y ya solo queda esperar que el hasta ahora inquilino de la Casa Blanca acepte su derrota o tengan que venir los SWAT – o sea, los GEOs de allí – a desalojarlo por la fuerza, ya que el innombrable es capaz de atrincherarse en el despacho oval con una milicia de supremacistas.
Nunca habíamos sido más conscientes de la importancia del conteo de votos en condados tan lejanos e ignotos como Maricopa o Miami Dade
Estar tanto tiempo pendientes de ese mapa electoral partido en dos, en colores rojo y azulón, ha hecho que todos los que vemos a Norteamérica con el filtro de nuestra incontenible pasión por la música, hayamos confundido los propios resultados con los deseos de nuestros músicos norteamericanos predilectos. Bueno, en realidad la confusión no es tanta: la plana mayor – tan solo alguna voz discordaba, menos aún que en época de George W. Bush, quien ahora nos parece un moderado: de hecho, él sí ha felicitado al presidente entrante – del mundo cultural estaba por la labor de que hubiera un cambio de rumbo. Y ya se sabe qué han votado las grandes ciudades. Incluso en los estados tradicionalmente afectos al partido republicano. Seguíamos la evolución del conteo, sobre todo a medida que los votos por correo iban computando, y nos entregábamos en cuerpo y alma a gritar de viva voz (a través de las RRSS, que es donde ahora gritamos todo) nuestras loas a MC5 y la Motown, a R.E.M. y los B-52’s o a Marah y Archie Bell & The Drells. Nuestra relación con los EEUU es inequívoca e inevitablemente musical, qué se le va a hacer. Debería existir una palabra equivalente a letraherido (propia del ámbito literario) que fuera aplicable a la música. Porque así es como estamos. Heridos por las melodías y los riffs. Enfermos de música. Gozosamente infectos.
Conocemos todos estos lugares, en la mayoría de los casos, por los músicos a quienes llevamos años siguiendo con entregada devoción
Era ver los resultados en Austin (Texas), Minneapolis (Minesota), Nueva Orleans (Louisiana), Detroit (Michigan), Pittsburgh (Pennsylvania), Akron o Cleveland (Ohio), Winston-Salem, Chapel Hill o Durham (Carolina del Norte) o la universitaria Athens (Georgia), y congratularnos de que todas aparecieran pintadas de azul, a veces de forma apabullantemente mayoritaria. Conocemos esos lugares, en la mayoría de los casos, por los músicos a quienes llevamos años siguiendo con entregada devoción. Y lo cierto es que la brecha entre la Norteamérica rural y sus grandes urbes es cada vez más grande (no hay más que pasar una tarde viendo reality shows de Mega), y entre estas últimas, apenas hay disenso: ganaron los demócratas de forma abrumadora. Nuestro mapa sentimental optó, como era de esperar, ya no por el progresismo (que esto no iba de elegir entre centro izquierda o centro derecha, quizá ni siquiera entre derecha moderada y derecha extrema), sino por la sensatez. Y era inevitable sentirnos reconfortados.
Es, en fin, la música como explicación de unos valores -en este caso en Norteamérica-. Quizá ni mejores ni peores, que aquí nadie está para dar lecciones de moralidad y civismo a nadie, pero sí firmes e inequívocos.