La cantautora tejana se da a conocer fuera de su país con un delicado álbum de folk confesional, sereno y sanador.
Una mujer. Una voz bonita. Una guitarra acústica. Unos pocos arreglos. Son los ingredientes de una fórmula mil veces explotada, pero no siempre merecedora de despuntar entre la marabunta de aspirantes.
Básicamente, son las armas de Jana Horn, una chica de Texas de la que apenas habíamos oído hablar hace tan solo unos meses. El eco de su primer trabajo ya se hace notar. En los principales medios, en la radio, en el radar de los cazadores de grandes nuevas sensaciones. Y lo cierto es que tiene algo. Algo que la hace distinta.
Su música enlaza con una larguísima tradición de cantautoras que va de Joni Mitchell a Laura Marling, pasando por Suzanne Vega, Michelle Shocked, Edie Brickell, Aimee Mann o Fiona Apple.
Producto de una larga tradición
Una suerte de folk sensible, delicado, confesional sin cortavenismos, sigiloso, perfecto para ser degustado en estancias interiores, en la calidez del hogar o alumbrando un largo viaje, pero siempre lejos de la algarabía de cualquier gran festival o concierto masivo.
Son canciones para ser disfrutadas en el mismo entorno de intimidad en el que fuero ideadas. Y en su caso, con la satisfacción que otorga que lleguen al gran público dos años después de ser difundidas solo para amigos y familiares: inicialmente auto editado en 2020, ve ahora la luz a través de No Quarter, el modesto sello de Philadelphia en el que publican Michael Hurley o Joan Shelley.

Hay una ligereza común a estas diez canciones. Una naturalidad, una fluidez, que juega a su favor. Se nota que es un disco grabado por una artista en paz consigo misma y con el mundo. Capaz de hacer las paces con «la fealdad y la imperfección de las cosas», según dice ella misma.
Composiciones que arrullan y que arropan. Que mecen y que reconfortan. Hay quien dice de ellas que tienen mucho en común con los Yo La Tengo más calmos, los de principios la década de los 2000. Y algo de eso hay. «Driving» o «Jordan» dan motivos.
Jana Horn es otro fruto de esa América central, profunda, en la que el peso de la religión se hace notar en su sociedad, para bien y para mal. Así lo define ella misma. Un fermento creativo en el que el peso de la tradición siempre se cuela entre las rendijas de la modernidad para expedir diamantes en bruto. Como sus canciones.