
La muerte de Oriol Llopis nos sirve para recordar una forma de entender el periodismo musical ya en vías de disolución.
Hay dos características singulares que ostentaba la escritura de Oriol Llopis (Barcelona, 1955), y que posiblemente ya nunca vuelvan. Una, que él mismo era uno más de los protagonistas de sus propios textos, un personaje en toda regla. Al carajo la objetividad. Eso ni se contemplaba. La otra, que sus críticas eran fidedignas, a veces tan ácidas que podían rozar la crueldad, pero solo obedecían a su propio instinto.
De esas dos notas, hay una que posiblemente haya perdido sentido hoy en día: en tiempos en los que cualquiera puede abrirse un blog o una de las muchas redes sociales con las que compartir su vida con el resto de la humanidad, se antoja ya innecesario que nos creemos un personaje a la medida de nuestra imaginación. Salvo que nos queramos dedicar a la literatura, claro. Un empeño que, en el caso de Llopis, siempre flotó en el ambiente pero no llegó a concretar.
El periodismo musical ha ido perdiendo algo que los pioneros artículos de Oriol Llopis tenían: mordacidad, capacidad crítica, acidez.
La otra traza de su escritura sí que es mucho más reivindicable: ser implacable en la crítica. Sin necesidad de ofender a nadie. El periodismo musical ha perdido mordacidad, capacidad para cuestionar, inclinación por diseccionar la realidad a través de canciones y discos que muchos se empeñan en elevar – sin argumentos de peso – a la categoría de obras maestras. Su rollo era el rock, hasta sus últimas consecuencias.
De un tiempo a esta parte, apenas se escribe solo sobre lo que nos gusta, a beneficio de inventario, a veces (incluso) con la único intención de complacer al músico de turno. Y la reincidencia en esos vicios es el peor favor que la profesión puede hacerse a sí misma.
El jueves pasado el veterano periodista musical Oriol Llopis se quitaba la vida a los 65 años, lo que nos obligaba a decir adiós a uno de los pioneros de la crítica española. Un tipo que bebía del periodismo gonzo de Hunter S. Thompson, de quien bebió (a su vez) Lester Bangs, y que se dio a conocer en las páginas de cabeceras históricas como Star, Vibraciones, Disco Exprés o Ruta 66, también escribiendo algunos guiones para el programa La edad de oro, emitido en la segunda cadena de TVE entre 1983 y 1985.
Su estilo era coloquial, directo, descarnado, y se concretó también en un par de libros, fácilmente adquiribles todavía por correo e incluso en alguna librería: La magnitud del desastre. Memorias de un rock critic poco fiable (66 RPM), publicado en 2012, y Escritos poco fiables. Recopilación de artículos sobre el rock and roll (1974-2014), autoeditado en 2014. Ambos son una buena puerta de entrada a su forma de entender el periodismo rock.
Una de sus bandas favoritas, aparte de sus reverenciados Flamin’ Groovies o Blue Oyster Cult, eran los holandeses Golden Earring, a quienes nunca dejó de reivindicar a lo largo de su intermitente carrera. Un puñado de músicos, como el propio Llopis, mucho más influyentes que célebres. Su «Radar Love» fue versionado por U2, R.E.M., Def Leppard o Carlos Santana. Que sirva para recordarle.