
Neil Finn sigue mostrando, con un reparto cada vez más coral – sus hijos Liam y Elroy ganan cuota compositiva – , su maestría para tallar piezas de pop atemporal que habitan en su propio mundo, once años después de su última entrega.
Es como la más confortable de las caricias. Como el reencuentro con un viejo amigo. Como una buena conversación bajo la tenue luz del atardecer, sabiendo que la vida se puede disfrutar con una intensidad distinta – más sabia, más irónica, menos tremendista – pero igual de gratificante cuando nuestro espejo retrovisor se agranda y ni siquiera sabemos ya si el toque de queda sigue vigente, porque ya apenas trasnochamos.
Es la enésima confirmación, abreviando, del inveterado oficio de ese Paul McCartney de las antípodas que es Neil Finn, tan bien flanqueado ahora por sus dos hijos, Liam y Elroy, que no queda otra opción que asignar a este Dreamers Are Waiting (EMI, 2021) un cariz tan familiar que se revela en todos y cada uno de sus recovecos, de espléndida factura artesanal.
La íntima implicación de dos de los hijos de Neil Finn hace de este fabuloso disco un asunto tan familiar como artesanal.
A Crowded House no vale la pena pedirles otra «Don’t Dream It’s Over», ni otra «Weather With You», ni otra «Fall At Your Feet». No es necesario. Aquello ya pasó. Todos éramos treinta años más jóvenes, incluidos ellos. Pero es que los Crowded House del nuevo siglo, los que se sobrepusieron a la muerte del batería Paul Hester en 2005, son más crepusculares pero igual de valiosos. Sin necesidad de expedir singles de impacto instantáneo.
Las canciones de este disco, el primero que publican desde 2010, son de combustión lenta pero segura. Esto un grower absoluto. Si fuera el debut de cualquier otra banda, sería uno de los discos del año. Ni lo dudéis. Su único problema es que lo firma una rúbrica tan infalible como la de Neil Finn, para quien la brillantez no supone primicia alguna. Lo único cuestionable en este trabajo es el gusto de su portada. Eso sí.

Empieza a sonar «Bad Times Good», con su cadencia sanadora, otoñal, con su pulso de fina orfebrería pop, sentando el tono del disco y sumiéndote en un estado de serena placidez, y desde ese preciso momento sabes que nada puede salir mal, hasta llegar a la irreprochable brisa en ligera sintonía con el pop de la costa norteamericana que es «Deeper Down». Son doce canciones en 42 minutos que no invitan, en ningún momento, a darle al skip.
Las comparaciones han sido siempre odiosas, pero algo nos dice que ahora mismo Jeff Tweedy y sus Wilco matarían por despachar una maravilla como «Playing With Fire», coronada por unos arreglos de viento que son para derretirse, o que la deliciosa «Start Of Something» podría ser la envidia de los actuales Teenage Fanclub, tan desteñidos ya.
«Playing With Fire» y «Start of Something» podrían ser la envidia de Wilco y Teenage Fanclub, respectivamente.
¿Más canciones pop impecables, que apuntan a lo pluscuamperfecto (que es más que perfecto)? «To The Island», «Sweet Tooth», «Whatever You Want», «Show Me The Way», la radiante «Love Isn’t Hard At All» o esa «Goodnight Everyone» en la que Liam ratifica que su firma no desentona por ser cotejada junto a la de su padre.
Para redondear la ecuación, produce Mitchell Froom, viejo conocido de la banda, supervisor (entre muchos otros) de discos históricos de Suzanne Vega, Elvis Costello, Randy Newman o American Music Club, aquí también responsable de algunos teclados. El secreto a voces más preciado de Nueva Zelanda, esa tierra a la que parece que la covid apenas haya despeinado el flequillo, sigue siendo una de las mejores factorías de golosinas pop de las últimas décadas. Y con cuerda para rato.