
El 23 de julio de 2011 moría Amy Winehouse a causa de una desaforada ingesta de alcohol, tras una vida de lo más torturada. Abordamos la estatura de su leyenda, el legado que nos dejó y sus posibles herederas.
La reina de Camden. La pantera del Soho. La mujer fatal, de voz prodigiosa y vida profundamente desafortunada. El juguete roto favorito de los voraces tabloides. La última gran estrella del soul. En realidad, la gran estrella del soul del siglo XXI. La única con capacidad para trascender y seducir al gran público. La única capaz de mirar de tú a tú a las viejas leyendas de la Motown, la Stax o Atlantic. A veces, con el acento musical jamaicano de las barriadas de la capital británica. Todo eso y algunas cosas más fue Amy Winehouse (Londres, 1983-2011).
Parece mentira que hayan pasado ya diez años desde su muerte. Pero así es. Diez años que han pasado en un suspiro. Y que no han hecho más que agrandar su leyenda. Por la estatura de la obra que nos dejó, cifrada en solo dos álbumes (y la amargura de intuir en qué se podría haber convertido con el tiempo) y también por el interrogante, difícilmente resuelto, sobre su herencia: ¿hay vocalistas, intérpretes o compositoras a su altura hoy en día?
Para abordar el fenómeno con perspectiva y tratar de alumbrar respuestas, consultamos a Luis Lapuente (Madrid, 1957), seguramente el mayor especialista en música negra (en general, y en soul en particular) que tenemos en nuestro país, autor de libros de absoluta referencia como Historia-guía del soul. Magia negra (Ed. Guía de Música, 1995), El muelle de la bahía. Una historia del soul (Efe Eme, 2014) o La tierra de las mil danzas. Los grandes del soul (Efe Eme, ).
Para él, la clave de su repercusión reside en la autenticidad, su genuino carácter, prácticamente salvaje, como el de las estrellas de referencia del género: «Hay otros grandes nombres en el olimpo del soul de los últimos veinte años, por supuesto, como Sharon Jones, Erykah Badu, Anthony Hamilton, Beyoncé y alguno más», dice, «pero ninguno tan arraigado en las tripas del género como el de Amy, una artista descomunal que se fue casi sin tiempo para desnudar todo su talento, devastada su existencia por una terrible jugada del destino».
Para Lapuente, la artista londinense «rescató el espíritu del soul para todos los aficionados, lo acercó a la calle, de donde nunca debió salir, sin perder ni un gramo de delicadeza, de pasión, de elegancia: como si el propio Sam Cooke hubiera reaparecido en el siglo XXI».
«La irrupción de Amy Winehouse fue como si el propio Sam Cooke hubiera reaparecido en pleno siglo XXI»
La recuperación del contacto con la calle que menciona Lapuente no es baladí si tenemos en cuenta que el éxito arrollador de Winehouse, gracias sobre todo a su segundo álbum, el portentoso Back to Black (Island, 2006), producido por Mark Ronson, oscureció casi por completo los acercamientos al soul que, desde perspectivas menos canónicas o clásicas, en algunos casos ligados a la electrónica, venían llevando a cabo músicos y músicas de finales de los noventa y principios de los 2000: el llamado nu soul de Joss Stone, Kelis, D’Angelo, Jamie Lidell, Jill Scott, Macy Gray, la propia Erykah Badu o la Nicole Willis que empezó a grabar en Finlandia con Jimi Tenor. Sin desmerecer a nadie, Amy Winehouse era el soul sin aditamentos. Sin coartadas. Sin excusas. The real thing.
De la misma opinión es Susana Monteagudo (València, 1975), una de las periodistas que más y mejor han ahondado en la figura de la cantante británica en España, con libros como Amy Winehouse. Stronger than her (Lunwerg, 2019), un perfil biográfico ilustrado con los dibujos de Pezones revueltos (la ilustradora María Bueno). El soplo de aire fresco que supuso Amy Winehouse no fue estilístico, fue más una cuestión de puro carácter: «No creo que fuese innovadora en cuestiones estrictamente musicales, en absoluto, pero sí modernizó el soul en el sentido de adaptarlo a un contexto diferente sin sonar simplemente vintage: se trató más de una cuestión de actitud», dice.
«Creo que la aportación más importante fue su habilidad para vampirizar esos sonidos nostálgicos del jazz, el soul o los girl groups y actualizarlos con letras descarnadas más próximas al hip hop, del que también era admiradora: Amy era tan auténtica como sus canciones, no valía como producto meramente revival, y en este sentido tampoco debemos olvidar que Amy fue una de las últimas grandes figuras pre-algoritmo», afirma. Cuando «a la industria todavía le resultaba fácil focalizar al gran público, porque los medios tradicionales aún sustentaban su poder y los nuevos le servían de refuerzo: ahora todo parece haberse dispersado».

Como ocurre con cualquier gran seísmo en la historia de la música popular, y Amy Winehouse lo fue, no tardaron en llegar las réplicas. Si los Arctic Monkeys fueron posiblemente la última gran banda rock brotada de aquel ya viejo paradigma que enunciaba Susana Monteagudo, Amy Winehouse fue el último astro del soul a la antigua usanza.
Los medios de comunicación empezaron a otorgar protagonismo, tras su éxito fulgurante y más incluso aún tras su muerte, a vocalistas como Duffy, Adele o Eli «Paperboy» Reed, y redescubrieron a veteranos y veteranas como James Hunter, Charles Bradley, Sharon Jones o Lee Fields. Pero, ¿tiene Amy Winehouse herederos y herederas que estén a su altura? Afirmaba el periodista y escritor Julio Valdéon en un artículo recientemente publicado en Efe Eme, que entre las aspirantes a ocupar su trono no hay nadie que esté a su altura. ¿Lo hay?
Para Luis Lapuente, solo hay un nombre que quizá podría llegar a emularla con razones de mucho peso: «El talento y la versatilidad de Amy Winehouse se palpan en vocalistas blancas británicas de soul como Duffy, pero también en artistas extraordinarias como Valerie June», dice, quien es para él «la más importante, de calle, del soul de los últimos años, cuyos registros vocales y cuyo talento emulan a los de Amy, pero de quien espero una herencia aun más fecunda, porque tiene una ventaja sobre ella: quiere vivir, quiere apurar la vida y la música hasta su plenitud».
«La estrella soul más importante, de calle, de los últimos años, pero de quien espero una herencia aún más fecunda que la de Amy, es Valerie June»
La sombra de Amy es quizá más difusa, pero igual de amplia, para Susana Monteagudo, quien cita como artistas -casi todas mujeres- bajo su evidente influencia a «Adele, Lana del Rey, Janelle Monáe, Corinne Bailey Rae, Duffy o Lianne La Havas, cada una en mayor o menor sintonía estilística», e incluso resalta lo significativo que es que hasta nuevas estrellas teóricamente tan distantes en lo estilístico, como Billie Eilish, le hayan presentado sus respetos públicamente.
«Adele, Lana del Rey, Janelle Monáe, Corinne Bailey Rae, Duffy o Lianne La Havas, cada una en mayor o menor sintonía estilística, se han visto influidas por Amy»
Obviamente, la óptica que proporciona el paso del tiempo, la que dan los diez años transcurridos desde aquella fatal ingesta de alcohol de un 23 de julio de 2011, también confiere algo más de claridad para contemplar el fenómeno en toda su dimensión: «Era necesaria cierta perspectiva para que su legado se materializara y sus efectos se dejaran sentir entre las nuevas generaciones», dice Monteagudo, quien admite la valentía, por ejemplo, de la neozelandesa Benee a la hora de versionar «Back to Black». No es un morlaco fácil al que hacer frente sin caer en el ridículo, desde luego.
«La figura de Amy empieza a bajar del pedestal dorado para convertirse en fértil abono: y sí, la veo presente -en variados aspectos y matices- en Celeste, Olivia Dean, Arlo Parks e incluso en Olivia Rodrigo», admite.
Son diez años ya. Un soplo o una eternidad, según se mire. La figura de Amy Winehouse, en cualquier caso, sigue ahí. Plenamente vigente. Tan poliédrica y fascinante como entonces.