
La Eurocopa 2021 está demostrando, una vez más, el carácter maravillosamente azaroso de un deporte que, como la música pop, es terreno abonado para que lo inverosímil se haga real.
El fútbol, como la música, es terreno abonado para la sorpresa. Para lo imprevisible. Para los giros de guión inexplicables. Para tramas que ni el más taimado escritor de thrillers podría llegar a alumbrar, ni en sus noches más febriles.
En la historia de la música pop son decenas, quizá cientos, los músicos malditos que nunca llegan a obtener la repercusión que merecen, al igual que son muchos también los mediocres que, por carambolas del destino, acaban haciéndose de oro convertidos en one hit wonders. Es frecuente que nos sorprendamos advirtiendo canciones notables en músicos a quienes, por lo general, aborrecemos.
Y que no demos crédito a las hecatombes escénicas, las metidas de pata y las meadas fuera de tiesto de leyendas a quienes reverenciamos desde nuestra más tierna infancia. O que seamos incapaces de predecir la fértil longevidad de bandas por las que no dábamos un duro, mientras nos rasgamos amargamente las vestiduras ante la temprana e inesperada disolución de otras que apenas necesitaron un lustro para inscribir su nombre con mayúsculas en la historia.
Si el mundo y la música pop, que no deja de ser un fiel reflejo de él, tuvieran algo de cordura, no veríamos cómo sonidos que nos parecen directamente aberrantes encumbran las listas de ventas y de videoclips y canciones con más escuchas, acumulando cientos de millones de reproducciones y una vida de lujos para quienes los perpetran, mientras miles de creadores brillantes se comen los mocos en el semi anonimato y tienen que dedicar el mejor de sus empeños a otras tareas más prosaicas para poder ganarse la vida.
Por la misma regla de tres, si el fútbol obedeciera a la lógica, no nos procuraría espectáculos como los que nos está deparando esta Eurocopa 2021, que es la del 2020, pero con el preceptivo año de retraso. Tan inusual, tan maravillosamente rocambolesca como la propia anomalía de su celebración: en un año impar, con estadios medio vacíos y otros a reventar, con su formato nómada y sus sedes diseminadas por vez primera sin ton ni son por todo el continente. Me decía hace un par de días el músico brasileño Rodrigo Amarante que tanto la música como su público han de ser, necesariamente, imprevisibles. Que no hay arte sin riesgo ni incomodidad. Y creo que lo mismo puede decirse del mejor fútbol.
Si el fútbol obedeciera a la lógica, no procuraría espectáculos tan mayúsculos como el que nos está deparando esta Eurocopa.
Hay miles de personas que no lo soportan. El fútbol, queremos decir. Es comprensible: la tabarra mediática que centrifuga por tierra, mar y aire y lo obsceno de sus remuneraciones son de lo más disuasorios para el profano. Pero quizá su legión de detractores no cae en la cuenta de su factor diferencial respecto a otros deportes: mientras en baloncesto, en balonmano, en tenis, en hockey, en ciclismo, en badminton o en bobsleigh lo más habitual es que, con precisión matemática, gane el mejor, eso es algo que no siempre ocurre en el fútbol.
Sí, también suele ocurrir, pero el margen para la sorpresa es mucho más amplio. El azar, mucho más determinante. Los centímetros que separan el fracaso de la gloria, mucho más estrechos. Y la gran paradoja es que ocurra precisamente en el ámbito deportivo en el que mayores son las desigualdades presupuestarias, aquel en el que la brecha parece más insalvable, aquel que seguramente más se parece a nuestra sociedad -los ricos cada vez son más ricos, los pobres cada vez más pobres- pero también aquel en el que se visibiliza con más claridad que el dinero, contrariamente a lo que se suele pensar, no lo es todo: repasad los clubes con mayores presupuestos de Europa y los nombres de los cinco últimos campeones de Europa. Algunos de los que están en lo más alto del ranking no la han logrado nunca, otros llevan demasiado tiempo sin ganarla. Los ricos también lloran. Y los petrodólares no garantizan la gloria.
Los torneos de selecciones nacionales tienen algo, además, que conecta con lo más puro de la afición por el fútbol que muchos albergamos desde niños: la pertenencia a un país o un estado, la nacionalidad como reclutador, y no simplemente el dinero. Y por un motivo que se nos escapa, o que es muy complicado explicar desde lo racional (y ahí reside su magia), la Eurocopa brinda un historial en el que el triunfo de lo inverosímil ha sido mucho más frecuente que en los Mundiales. Estos últimos se han repartido casi todos entre los cinco grandes: Italia, Alemania, Francia, Brasil y Argentina. Los campeones que jugaban en casa han sido frecuentes. Las revelaciones contraculturales (la Hungría de los cincuenta, la Holanda de los setenta) maravillaban pero morían ahogadas en la orilla. Sí, hubo un maracanazo, pero fue en 1950. Hace una eternidad. Incluso cuando selecciones que eran outsiders históricos (España) se la han llevado, ha sido porque eran, sin duda, el mejor equipo.
Contrariamente a lo que suele ocurrir en los Mundiales, la Euro es la competición en la que todo puede suceder, hasta que la ganen unos one hit wonders de libro como la Grecia de 2004.
Pero ese es un guión que se ha invertido con frecuencia en las Eurocopas. Un torneo que ganó Checoslovaquia en el 76 con un penalti absolutamente surrealista, que creó escuela y derivó luego en imitaciones tan ridículas que invitaban a la lástima. Panenka fue el Jimi Hendrix del fútbol. Una copa que se llevó la Dinamarca del 92, una cuadrilla de operarios del balón sin galones, tras ver cómo sus vacaciones en la playa eran interrumpidas para cubrir a última hora la baja de una Yugoslavia partida en pedazos. Un torneo que se llevó de forma absolutamente marciana la anónima selección griega de 2004, el mayor one hit wonder de su historia. Un premio que se adjudicó Portugal en 2016 con uno solo triunfo (de siete) en los 90 minutos reglamentarios de cada partido. La Euro es la competición en la que cualquier cosa puede pasar.
Esta edición que estamos siguiendo estos días por televisión está volviendo a poner a prueba los más elementales principios de la lógica, y eso es lo que la hace tan atractiva. Tan maravillosamente inexplicable. Tan adictiva, con su catarata de golazos (14 en los dos partidos del lunes pasado, una de las tardes noche más apasionantes y taquicárdicas que ha vivido este deporte en años), tan sorprendente como para que un equipo por quien nadie daba un duro sea ahora el favorito en las casas de apuestas (la España de Luis Enrique), como para que los dos finalistas mundiales hayan caído con estrépito y con el aspirante a gran súper héroe mundial (Kylian Mbappé) convertido en el gran nuevo villano o como para que Inglaterra se haya desquitado a base de pegada, 55 años después, de su bestia negra alemana, provocando que al tipo que acuñó aquello de que el fútbol es un deporte que juegan once contra once y siempre gana Alemania casi le dé un síncope celebrando los goles de sus paisanos Sterling y Kane desde un puesto de comentaristas que parecía una quedada de hooligans puestos de lager hasta las trancas.
El fútbol tiene algo que reconecta con nuestro yo más infantil e irreductible, con nuestra placa base, como aquel personaje de El secreto de sus ojos a quien cazan por su fidelidad a su equipo de siempre.
El fútbol tiene algo, como la música, que nos reconecta con lo más infantil y con lo más irracional que habita dentro de todos nosotros. Con lo más atávico. Con nuestra placa base, esa que no se cambia. Genera complicidades y fidelidades que no se atienen a ninguna razón, como aquel personaje de la película El secreto de sus ojos (2009), de Juan José Campanella, aquel criminal cuya pista acaba siendo visible porque uno puede cambiar de muchas cosas a lo largo de su vida, pero «nunca de equipo de fútbol».
La magia irrepetible e inasible (por mucho que la grabes en video) de un concierto en directo, el mojo que eleva una interpretación al ámbito de lo magistral, tiene mucho que ver con los chispazos de genialidad y las carambolas del azar que nutren las mejores epopeyas futbolísticas. Que dure. Que nunca se pierda.