
Mientras nuestras sociedades progresan, el máximo organismo del fútbol europeo muestra, con su prohibición de enseñas LGTBI, un enrocamiento miope que huele -y mucho- a naftalina.
El himno pop de la Eurocopa de fútbol que se está disputando en varios países del continente se llama «We Are The People». O sea, «Somos la gente». En su estribillo, Bono canta, sobre el colchón sintético que le dispensa el DJ holandés Martin Garrix, eso de «somos la gente de la mano abierta, de las calles de Dublín a Notre Dame, estamos construyendo algo mejor a lo que hicimos en el pasado, somos la gente que lleva tiempo esperando».
Salta a la vista que los valores que promulga la canción, la apertura mental, la tolerancia y el enterrar las diferencias que hicieron de nuestro continente un foco de conflictos bélicos durante siglos, casa francamente mal con la imagen que la UEFA, que fue al fin y al cabo el organismo que se la encargó a U2 y Garrix, ha ido proyectando en una semana tan horribilis que ha acabado por convertirla, involuntariamente (por el efecto rebote), en la mejor palanca para visibilizar de una vez por todas lo que ellos mismos quieren ocultar: que el estigma sobre el colectivo LGTBI sigue vigente. Y que hay gobiernos que lo promueven activamente.
Primero fue el expediente abierto para investigar a Manuel Neuer, el portero de la selección alemana, quien lució un brazalete con los colores del arco iris en los dos partidos que su equipo ha jugado hasta el momento. Ante la reacción de la opinión pública, retiraron el conato de sanción. Pero luego vino el sostenerla y no enmendalla al prohibir que esta noche el estadio Allianz Arena de Munich ilumine su exterior con los mismos colores.
Alega el máximo organismo del fútbol europeo que su normativa no permite que sus deportistas o federaciones se posicionen políticamente. Sin embargo, hace muchos años que la UEFA promueve la lucha contra el racismo con campañas institucionales, a las que las principales estrellas del balón prestan, suponemos que altruistamente, su imagen.
¿Acaso hay alguna diferencia entre estar en contra de la discriminación de nadie en virtud de su raza a estarlo en virtud de su orientación sexual? ¿Acaso promueve la bandera del orgullo LGTBI alguna clase de proselitismo para primar a una parte de la ciudadanía en detrimento de otra?
¿Acaso hay alguna diferencia entre estar en contra de la discriminación de nadie en virtud de su raza a estarlo en virtud de su orientación sexual?
Las excusas que la UEFA da en torno a este tema, curiosamente en un contexto en el que Alemania se enfrenta esta noche a la selección de la Hungría que preside Viktor Orbán, son del mismo cariz que aquellas que los concejales y diputados de Vox esgrimen para negar cualquier minuto de silencio después de la muerte de una mujer a manos de su pareja. Es exactamente el mismo cinismo. Como si honrar la memoria de una mujer asesinada socavase el recuerdo de quienes, no siendo mujeres, fueron también vejados o aniquilados por cualquier familiar.
Bajo la excusa de que hay que condenar todas las violencias, esos cargos políticos niegan conscientemente la mayor de ellas. Bajo la excusa de que no hay que posicionarse políticamente, la UEFA niega algo que es, simple y llanamente, una llamada en favor de la ampliación de derechos elementales y básicos, que en ningún caso (salvo en algunas mentes enfermas, que las hay) atenta contra los derechos de quienes ya los ejercen de serie. Tener que explicarlo es como de primero de Barrio Sésamo, cuando Coco nos instruía sobre la diferencia entre arriba y abajo.
El enrocamiento de los jerifaltes del fútbol europeo en su postura no solo es cobarde, servil y mezquino: también es profundamente miope. Porque si hay un ámbito en el que la diversidad sexual es un absoluto tabú, ese es el del futbol de élite. Es de las pocas disciplinas deportivas en las que no hay ni Dios que se atreva a salir del armario. Y la UEFA es incapaz de verse como avanzadilla de nada.
El enrocamiento de la UEFA es profundamente miope porque el fútbol de élite es de las pocas disciplinas deportivas en las que nadie se atreve a salir del armario.
Hay jugadores a quienes les deben pitar los oídos, dede hace muchos años, ante los gritos de «¡maricón!» que les dirige un sector del público en los estadios, algo que viene repitiéndose en muchos campos de fútbol con la misma frecuencia que el simiesco ulular con el que muchos intentan vejar a los jugadores negros al tiempo que no se dan cuenta de que solo se están describiendo a sí mismos, en todo su esplendor unicelular. Pero, a diferencia de estos, los gritos homófobos no se han empezado a perseguir hasta ahora. Tampoco ningún jugador ha tenido el arrojo de plantarse ante ellos.
Sí, hay quienes acaban por reconocer su homosexualidad en público (que es un derecho, nunca una obligación), pero lo hacen cuando ya están retirados. Hay también algunos que lo dicen cuando aún no han colgado las botas, pero están muy, pero que muy lejos de la élite. Como decía Philip Lahm -vaya, otro futbolista alemán- en una reciente entrevista, no es recomendable hacerlo cuando aún están en activo.
Hasta la NFL, la liga de fútbol norteamericano, ha empezado a ver cómo una de sus grandes estrellas proclamaba abiertamente su homosexualidad, aunque solo fuera para sentar precedente y liberar mentalmente a cualquiera que pueda venir detrás detrás en el tiempo: Carl Nassib, jugador de Las Vegas Riders, acaba de hacerlo. Es el primero. Y desde luego que no será el último.
¿Hasta cuándo va a seguir la UEFA sosteniendo esta ridícula farsa? ¿Somos la gente de la mano abierta? ¿De verdad? O como diría mi hija de diez años: ¿En serio?