
El cuarteto británico Tindersticks sigue deslumbrando, 25 años después de su irrupción, con un disco en el que combinan versiones y acercamientos a una electrónica mullida y nocturna.
Seguramente, ni los mismos Tindersticks podían imaginar hace tanto tiempo que su sonido fuera a mostrar tal capacidad de regeneración. Cuando Stuart Staples y los suyos coparon la atención de los semanarios británicos y aterrizaron en nuestros escenarios, con su romanticismo urbano y decadente, con ese clasicismo heredado de Leonard Cohen que les convertía en los dandies por excelencia del pop de cámara de los años noventa, cuando eran como una comuna en las que todos compartían piso y vivían prácticamente con lo puesto, el 2021 se antojaba algo tremendamente lejano. Pero aquí siguen, aquí están. Y en qué estado de forma. Ni siquiera la marcha de Dickon Hinchliffe, el hombre que había convertido el sonido de su violín en santo y seña de la propuesta de la banda, que se produjo hace algo más de una década, consiguió erosionar su crédito.
Tindersticks ya no son aquellos jovencitos que se convirtieron en la gran sensación del pop de cámara de los noventa, pero sus discos siguen siendo una plena garantía de calidad.
Obviamente, ya no son aquellos jovencitos. Ahora son respetables padres de familia. Músicos más que profesionalizados que viven a miles de kilómetros de distancia (Stuart Staples reside desde 2002 en una pequeña localidad de cinco mil habitantes en pleno centro de Francia), a quienes cada vez les resulta más complicado no integrar aspectos de la convulsa realidad social en sus canciones, tal y como le confesó al autor de este texto hace un par de años. Son una marca de plena garantía, sin altibajos reseñables en más de un cuarto de siglo de carrera – que se dice pronto – , que ha sabido añadir tramas electrónicas a sus canciones, escapar del concepto tradicional de canción para fortalecer los ambientes, las texturas, el embrujo de unas composiciones que no renuncian a su elegante nocturnidad, pero se visten con otros ropajes.
No hay más que escuchar su nuevo álbum, publicado hace solo unos días. Es lo más experimental que han hecho nunca, pero crea adicción. Muestra a una banda aún inquieta, en continuo movimiento, hambrienta, cosida solo a su propio instinto, sin reparar en ninguna idea preconcebida que público o crítica puedan albergar. Les da completamente igual. Qué lejos quedan también los tiempos de aquel giro soul que propinaron a su fórmula con Simple Pleasure (Divine Recordings, 1999), el disco que alumbró una gira que les acercó al Palau de la Música de Barcelona – entre otros recintos solemnes y suntuosos – en compañía de Arab Strap. Desde la perspectiva actual, aquella muesca en su camino apenas parece un tímido desvío del guión, nada que ver con la singladura sin hoja de ruta predeterminada que se marcan en Distractions (City Slang, 2021).
«Distractions», su nuevo álbum, es lo más experimental que han hecho nunca, y muestra a una banda aún inquieta, en movimiento, hambrienta.
Incursiones en colchones rítmicos que suenan a trip hop sin caducidad y se alargan más de diez minutos, versiones absolutamente sorprendentes en las que llevan a su terreno clásicos insospechados de la historia del pop y de rock (en esta ocasión, de Neil Young, Dory Previn y Television Personalities: variopinta muestra de su insaciable cultura musical) y arrobas de clase: esa es la alquimia para que Tindersticks, independientemente de sus fuentes de inspiración en cada nuevo trabajo, sigan sonando como si fueran un género en sí mismo, imposible de definir en solo dos palabras. Ni falta que hace, desde luego. Lo único que resta es esperar a que su anunciada gira española – que ya estaba agotando el papel cuando la pandemia cortocircuitó el curso normal de nuestras vidas, y estaba prevista para noviembre de 2020 – pueda por fin traerlos a Madrid, Valencia, Santander, Donostia y cualquier otra ciudad que decidan sumar.