Manuel Arjona, miembro de la formación original de Locomía y una de las figuras que ayudaron a convertir al grupo en un fenómeno visual de los años ochenta y noventa, ha muerto de forma repentina en Viladecans, Barcelona. Su historia estuvo ligada al nacimiento del proyecto en Ibiza, cuando música, moda, noche y libertad sexual se mezclaron en una de las imágenes más reconocibles del pop español.

Manuel Arjona, uno de los integrantes esenciales del primer Locomía, ha muerto a los 58 años en Viladecans, Barcelona. La noticia se ha conocido este miércoles 1 de julio y, según las primeras informaciones publicadas, el fallecimiento se produjo de forma repentina mientras dormía. No ha trascendido por el momento una causa oficial de la muerte.
Arjona formó parte del núcleo inicial de Locomía, el grupo creado alrededor de Xavier Font en la Ibiza de los años ochenta. Antes de convertirse en fenómeno discográfico, Locomía fue una comunidad, una estética y una forma de presencia. Sus trajes de hombros imposibles, los zapatos puntiagudos, el gesto escénico y los abanicos de gran formato construyeron una imagen tan reconocible como difícil de separar de la historia del pop español reciente.
Nacido artísticamente en un momento de apertura cultural, Arjona llegó a Ibiza desde Viladecans y encontró en la isla un espacio de libertad personal y creativa. En varias reconstrucciones sobre la historia del grupo, él mismo había recordado aquel cambio como una ruptura con un entorno más conservador y como la entrada en un mundo donde la identidad podía expresarse con menos miedo. Esa dimensión biográfica ayuda a entender por qué Locomía fue algo más que una rareza musical. Fue también una imagen de emancipación, exceso y deseo de modernidad en una España que todavía estaba aprendiendo a mirarse de otra manera.

El grupo nació en torno a la moda y la noche antes de convertirse en producto musical. En Ibiza, sus integrantes diseñaban ropa, se movían por la discoteca Ku y llamaban la atención por una puesta en escena que mezclaba teatralidad, ambigüedad, erotismo y una sofisticación deliberadamente desbordada. La industria vio pronto en aquella imagen un filón. Locomía pasó de la pista de baile al plató y del plató a la exportación internacional, con especial impacto en América Latina.
En ese tránsito, Arjona fue una presencia reconocible dentro de una formación que convirtió el abanico en logotipo gestual. Canciones como Locomía, Rumba, samba, mambo o Loco Vox funcionaron como vehículos de una identidad visual que muchas veces pesó más que el repertorio. El grupo no solo se escuchaba. Se imitaba. Se caricaturizaba. Se recordaba por una silueta, una coreografía y una actitud.
La historia de Locomía también estuvo atravesada por conflictos internos, tensiones con la industria, cambios de formación y una mitología propia alimentada por documentales, entrevistas y revisiones recientes. Arjona siguió vinculado a esa memoria pública del grupo, incluida la recuperación audiovisual de su historia en los últimos años. Su figura pertenecía a esa primera etapa en la que Locomía todavía no era solo una marca musical, sino una tribu nacida entre la moda, la fiesta y la necesidad de vivir de otra manera.
La muerte de Manuel Arjona llega después de la desaparición de otros miembros vinculados a la historia del grupo, como Santos Blanco, Frank Romero o Francesc Picas. Con él se pierde otra pieza de una formación que, más allá de sus canciones, dejó una de las imágenes más singulares de la cultura popular española de finales del siglo XX.
Locomía fue muchas veces tratado como exceso, frivolidad o extravagancia. Con el paso del tiempo, sin embargo, su historia ha ganado otra lectura. La de un proyecto que entendió antes que muchos que la música pop también se construye con vestuario, gesto, identidad gráfica, coreografía y relato. Manuel Arjona estuvo en el origen de esa intuición. Y en esa imagen, tan exagerada como inolvidable, queda fijada parte de su memoria.



