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Macaco: «El coro es la metáfora sonora del colectivo»

Alba Monfort Cirera
22 de octubre de 2026
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El artista barcelonés Daniel Carbonell, conocido artísticamente como Macaco, habla del sonido y las canciones de Futuro ancestral y adelanta cómo está tomando forma Arrecife de coral, su próximo proyecto.

Hay algo deliberadamente artesanal en este trabajo, construido desde la complicidad con sus músicos y con una idea clara de lo que quiere contar. Macaco habla de canciones, pero también de las consecuencias de posicionarse políticamente, de los discos que escuchaba de pequeño y de su empeño en no perder las ganas de jugar. Reivindica los instrumentos que se pueden tocar, el humor para sobrellevar lo que ocurre fuera y las voces que se juntan para cantar. 

La conversación se mueve entre el humor y la seriedad, las complicidades de tantos años de oficio y esa fascinación intacta por la sencillez de una buena canción. Ahora, mientras Futuro ancestral sigue rodando, empieza a tomar forma Arrecife de coral, un proyecto que reúne música, cine y literatura alrededor de una misma y propia intuición. Una aventura que todavía tiene mucho por contar.

Futuro ancestral lleva casi un año fuera del estudio, pasando por distintos escenarios y públicos. Con todo ese recorrido, ¿cómo definirías el disco hoy?

Es un disco que, como dice el título, tiene ese juego de palabras que va en dos direcciones. Es reivindicar, hablar, subrayar que es necesario mirar hacia atrás, no desde la nostalgia, sino desde la perspectiva para recoger y, a la vez, descartar lo que no es válido para poder caminar un presente continuo sólido, que nos haga bien y que nos lleve a un futuro con un poquito de luz. 

A nivel musical, también subraya esa metáfora y juego con las músicas de raíz de aquí como es la rumba catalana, la rumba flamenca, pero también hay músicas de raíz de toda Latinoamérica como las chacareras, el afrobeat, la cumbia, también merengón… Mi día a día es trabajar con los músicos en mi banda y son músicos de todos lados del mundo. Me he criado así, conozco bien esas músicas, las amo, las hago a mi manera. En cuanto a las letras, hay canciones donde juego con la ironía, que es algo nuevo en este disco, pero los artistas siempre hablamos cada uno de su imaginario particular. El mío es bastante ecléctico, pero hay elementos con los que no había jugado de una manera tan directa. 

En «Sube el nivel del mal» la crítica social entra a ritmo de afrobeat. Has contado que posicionarte te ha cerrado puertas… ¿Cómo vives mojarte políticamente en una industria que también está dormida?

Durante muchos años decía que era un músico -bueno, lo decía la prensa- implicado en temas de activismo, soy activista que, para mí, ser activista no es nada extraño. Sí que hay una parte de la sociedad y de la política muy escéptica y crítica con artistas que nos metemos en estos saraos. Ese tipo de comentarios de «dedícate a cantar y punto». He intentado siempre decir las cosas desde un lugar sentido, de algo en lo que creo firmemente. Ser coherente cien por cien en esta vida es imposible, da igual si eres artista o no.

Sí que es verdad que hay ataques continuos. Mira, ahora con Palestina o con el tema del Sahara que llevo muchos años -es una descolonización inacabada-, el otro día en unos conciertos en Sevilla y Málaga, venían chicos saharauis a españoles, me acuerdo de una chica que subió al escenario, sacó la bandera y empezó a hacer el grito saharaui de las mujeres de allí, de los campamentos de refugiados y fue muy emocionante. Luego colgué los vídeos y tengo cientos de amenazas de muerte. Y de israelíes que han venido a conciertos míos a pegar palizas… Eso es una realidad y está bien también decirlo. No soy de ningún partido político, creo que hay unos lugares que tenemos que mimar entre todos, la educación pública, la sanidad pública, los derechos del colectivo LGTBI, los derechos de las mujeres…

Siempre intento buscar puentes de palabras como decía Benedetti, no desde una verdad absoluta, todos somos aprendices de vida. «Sube el nivel del mal», es casi como una broma. Tenía otra letra con muchas metáforas y, de repente, empecé con la broma en el estudio de «No existe el cambio climático mientras tenga vistas desde mi ático…» y nos empezó a hacer gracia y pensé en decirlo desde ahí. 

Reivindicas el «menos es más» y los sonidos más desnudos, como en «Cambio y corto» que acabó entrando una cuchara golpeando un bol de cereales. ¿Qué hay que reclamar o defender de esos sonidos cotidianos y casi accidentales?

Ahora mismo siento que el sonido hecho a mano, como decía mi papá, toda la música que puedes manosear, tocar, es lo más revolucionario y contemporáneo. Hay una corriente muy fuerte en el mundo de artistas de mi quinta y más mayores o pequeños que yo, que juegan mucho con lo orgánico, reivindicando la poesía, la palabra, la madera, los instrumentos… Es muy chulo cuando aparecen elementos que se convierten en instrumentos porque, al final, todo es música. La música nace de la percusión y la voz y, a partir de ahí, del ritmo, puedes hacerlo con cualquier elemento. 

Por ejemplo, estuve en África -no hace falta irse a África para ver esto- y ves músicos de flipar. Hay gente que no tiene para comprarse un instrumento y coge un cubo o cualquier cosa y le saca un sonido. Jugar con elementos como una cuchara o cualquier objeto cotidiano es divertido y atractivo para el propio compositor y productor. Cuando llevas muchos discos, mola inventarte un mundillo. Decorar las composiciones con elementos o juegos, lo hace todo diferente.

Conviven ritmos de distintas partes del mundo… ¿De dónde viene esa mezcla de sonidos y cómo los llevas a tu terreno?

Bueno, en el Wikipedia, si lo miras, está todo mal porque llevamos años intentando cambiarlo, pero es como una mafia que lleva alguien que no sabes dónde y te pone en duda a ti mismo. Es algo increíble. Odio Wikipedia con todas mis fuerzas. Bueno, no odio porque no quiero odiar a nadie, odiar es de flojitos, como decía mi abuelo. 

La base dentro de la experimentación sonora es llegar a una canción. Soy un enamorado de las canciones con una estructura más clásica o abstracta, pero que haya un concepto. A nivel narrativo intento pensar desde dónde quiero escribir.  A veces aciertas más y otras aciertas menos, pero sí que con la idea del «menos es más», intentar contar cosas que te pasan a ti, que pasan a través de ti y sin una fórmula concreta para la composición, sí que se va acotando el concepto. 

Has hablado del coro como una forma democrática de hacer música. ¿Qué te interesa de juntar tantas voces y qué crees que tiene de revolucionario cantar juntos? 

El coro es la metáfora sonora del colectivo ante tanto individualismo extremo que nos quieren vender. Estoy jugando con eso, he estado en África grabando, en Colombia, voy a ir a Ucrania si finalmente se puede porque la cosa está muy dura. Hay momentos de este disco donde aparecen muchas voces, que soy yo con mis colegas, pero no son coros concretos como en los del disco nuevo que sí los hay y la gran mayoría serán de niños de diferentes lugares del mundo… El coro lo he repetido durante muchos conciertos en los momentos de interacción: cantas algo y haces repetir a la gente. Ese momento es una meditación activa hiperpotente porque te hace estar en el presente total. Veo el público y la gente está atenta, no hay nadie que esté pendiente del móvil. Se crea algo muy poderoso… El coro nunca desafina, son pequeñas gotas que se meten en una ola.

Siempre se ha relacionado mucho el coro con un concepto religioso, pero mucho más atrás cuando el principio de la humanidad, algo casi antropológico, nos juntábamos alrededor de la hoguera a contar nuestras penas, glorias, sueños, amores, luchas… Mucha gente no lo sabe, pero cuando se canta a coro -esto es algo científicamente comprobado- los corazones se sincronizan y las células se regeneran, es algo muy loco, ¿no?. Es una vibración que sana al cuerpo, pero no a nivel metafórico.

Esta idea es la que me ha llevado a querer subrayar en estos momentos donde hay tarados como Elon Musk o personajes así que dicen que la empatía no sirve para nada. Si tú piensas en el éxito solamente a través de tu cuenta bancaria, quizás sí, pero yo creo mucho en los equipos y en que el humano es tribu.

Ese proyecto nuevo, Arrecife de coral, todavía sabemos poco… ¿Cómo está tomando forma y qué me puedes contar? ¿Con qué nos vamos a encontrar? 

Es un proyecto que, la verdad, se me ha ido un poco de las manos… El concepto es bestial, pero vete a África a grabar con un coro, aparte de todas esas causualidades que te van llevando a ese lugar. Aunque me cueste mucho trabajo, intento tomar las decisiones desde el estómago. (Eduardo) Galeano decía que hay que ser sentipensante y a ese balance entre el corazón y la cabeza le llamo estómago. Las decisiones que me hacen más feliz son las que tomo por instinto y esteArrecife de coral viene desde esa intuición. 

He escrito un cuento siguiendo la misma línea, que me nació de una manera muy natural escribiendo antes del verano. Soy muy fan de la realidad mágica. De repente, apareció una historia de una niña que se queda sin voz, la búsqueda del coro… También se llamará Arrecife de coral. Además, de una manera muy surrealista, estamos haciendo un documental que va unido al disco de estos países en los que he estado y en los que estaré grabando estos coros. Un colega, que es un gran realizador, se ha unido a la idea de amplificar este mensaje, el colectivo asociado al coro, y han aparecido historias alucinantes de gente y de las cicatrices que tenemos todos, esas muletas que vienen normalmente dadas por otra persona. Esto sería un poco el 360 del nuevo disco. 

En el anterior disco, Vuélame el corazón, había colaboraciones con artistas muy conocidos. Esta vez has grabado con músicos más cercanos, tus músicos. ¿Qué te permite esa confianza que no encuentras en una colaboración puntual?

Soy una persona muy fiel aunque, en la vida, cada uno, esto no son matrimonios… Macaco soy yo, hay músicos que llevan muchísimos años conmigo o que han estado en algunos proyectos, pero con las personas que estamos a gusto, renovamos votos. Por ejemplo, con Tirtha llevo veinte años, es un supercrack y un guerrero. O Víctor Martínez, que nos hemos hecho hermanitos, es un musicazo. A estas alturas del partido, me gusta estar solamente con gente bonita porque sino, no vale la pena. Y esa base está en todos los discos. 

En Vuélame el corazón, grabé con Valeria Castro, Rita Payés, Travis Baird o Leiva, entre otros, porque sentí que era muy guay dar ese mensaje con colaboraciones dispares. En este disco decidí que no hubieran colaboraciones porque no le veía sentido. Solamente me gustaría una canción que va a ser externa al disco, que es la letra más bestia que he hecho nunca, y llevará una colaboración de un rapero muy conocido. 

¿Qué referentes, dentro o fuera de la música, han influido en tu manera de crear? 

Soy muy fan de muchos humoristas, creo que el humor es un arma maravillosa, igual que hacer deporte, meditar, socializar, reír, juntarse… son medicinas para sobrellevar este mundo que está ahora tan revuelto. Soy muy payaso en mi vida, a veces en los conciertos, me gusta colocar todo en su lugar y generas esa cercanía en la que creo, repito, todos somos espejos de todos y aquí nadie nace sabido. Los clásicos como Groucho Marx o Chaplin, los Monty Python, todos esos que son los capos. Son un muy buen lugar para inspirarse, el activismo sigue estando ahí, sin querer adoctrinar a nadie, pero creo que es un momento en el que no podemos pasar de puntillas, hay que posicionarse y, a la vez, poder apoyarte cuando te sientes frágil. Todo cabe. 

Tu madre cantaba y era actriz de doblaje, y tu padre era batería de jazz e ingeniero de sonido. ¿Qué música sonaba en casa? ¿Hay algún sonido de aquella época al que sigas volviendo?

Siempre, siempre hay. Todo es cíclico para lo bueno y para lo malo, tengo siempre esa sensación de que todo vuelve, el humano no acaba de aprender de la historia y necesita volverse a dar con la misma piedra. En mi casa había una gran enciclopedia de discos. Flamenco, clásico, rock, desde Bob Dylan, Louis Armstrong, Aretha Franklin, Los Beatles o Camarón de la Isla. Todo eso estaba. Hay un momento en el directo que improviso con registros y tienen que ver con esas músicas que escuchaba de pequeñito. 

Con todo lo escuchado, tocado y vivido, ¿qué cosas siguen sorprendiéndote de la música?

Lo que más me sorprende es la sencillez de una buena canción. Ahora hay mucho mamoneo, por decirlo así, mucha estrategia, lo que está de moda, las tendencias… Pero donde hay una melodía, un ritmo, una letra poderosa… Y en la música o en cualquier expresión artística, me entusiasmo con los entusiasmados, los que son un poco flipados si no se desbordan, pero sí que mola ser un poco flipado. 

Mi frase de cabecera es de (José) Saramago, con el que tuve el honor de colaborar en un disco, que dice: «El padre del hombre que soy es el niño que fui». Intento darle gasolina a ese niño, darle caramelos y juguetes para que esté ahí todo el rato, manteniendo la ilusión y el juego. Suena a topicazo, pero no hay otra. Cuando te entusiasmas mutuamente con los proyectos, eso es alimento puro. 

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