
Cuatro décadas después de su muerte, la enorme sombra del Beatle más díscolo sigue intacta
Ustedes me disculparán, porque el sesgo subjetivo seguramente esté de más cuando hablamos de figuras de talla internacional que bien pueden empañar cualquier visión personal, pero un servidor tiene dos momentos históricos de su niñez grabados a fuego en su mollera. Uno fue el 8 de diciembre de 1980, cuando su santa madre amaneció en absoluto estado de shock ante la muerte de un tal John Lennon, un nombre que al firmante de este artículo, feliz en su bendita ignorancia de los seis años de edad, le sonaba aún a chino. Cosas de críos que aún están despertando a la vida. Hoy su legado hace entender ese shock.
El siguiente fue poco más un año después, la noche del 23 de febrero de 1981, cuando los tanques del ejército español ocupaban las calles de València – donde ya trabajaba mi padre – mientras tanto yo como el resto de mi familia seguíamos con absoluto (e incomprensible para un niño) acongojo los acontecimientos por la televisión, desde el frío barrio madrileño en el que vivíamos. Fueron dos inviernos que llegaron cargados no solo de nieve (ya casi ni recuerdo la última vez que tuve la ocasión de hacer un muñeco en la calle), sino también de noticias así de inquietantes. Los ochenta nacían con fórceps, vaya. Pero nacían así.
Luego una ya adquirió conciencia de quiénes habían sido los Beatles. Esa banda cuya música sonaba en casa, en el coche, en el hilo musical del dentista, en el ascensor de cualquier oficina e incluso en las radiofórmulas del momento, cuando aquel engendro holandés llamado Stars on 45 se dedicaba a pergeñar medleys con algunas de las canciones más célebres de los Fab Four, sin salir de 1981.
La música de los cuatro de Liverpool, especialmente las canciones de su primerísima época, formaban una parte tan indisoluble de la banda sonora de cualquier crío de la EGB a principios de los ochenta, que terminó por ser deglutida como quien come paella los domingos. Sin más. A esa edad, uno no contextualiza, no es consciente de la relevancia histórica, acaba por asumir determinadas melodías (las de ABBA eran otra constante, en mi caso) como algo que se da por hecho, que forma parte del paisaje, que está ahí casi por decreto. Hasta que, ya en la adolescencia, uno va perfilándose como consumidor autónomo, se compra sus propios discos, se forma un criterio – equivocado o no – y acaba por distanciarse de todo aquellos que escuchaba en el domicilio paterno sin siquiera preguntarse el cómo ni el porqué.
Viene todo esto a cuento porque solo desde un cierto bagaje vital, desde una cierta perspectiva que solo dan los años, puede uno valorar la música de John Lennon en su justa medida. Hace unos días me preguntaban por mi canción favorita de él, y por mi opinión sobre su importancia en la historia de la música pop. La primera pregunta admite múltiples respuestas. En mi caso, opté por «Happiness Is a Warm Gun», de 1968. Por su melodía tan fuera de lo común, por la forma en la que su letra juega con la metáfora sexual de la pistola, por la versión extraordinaria que hicieron las Breeders en 1990.
La segunda pregunta tiene una respuesta tan obvia que es totalmente indiferente quien la emita. No admite discusión. Poco importa (que esa es otra cuestión, y no precisamente menor) si a Lennon le hemos idolatrado por encima de nuestras posibilidades y a McCartney le hemos tratado con más condescendencia de la pertinente. Ya se sabe: quienes dejan un bonito y joven cadáver gozan de un pasaporte al ámbito de la leyenda al que quienes siempre están ahí, tan a mano, difícilmente pueden optar.
Pero la huella de John Lennon ha sido tan visible en los últimos años que, más allá de su aportación intrínseca al tsunami mundial que supusieron los Beatles, difícilmente se entendería buena parte de la música pop de las últimas décadas sin su influjo. Oasis, Elliott Smith, Kurt Cobain, Elvis Costello (al margen de sus colaboraciones con Macca), Paul Weller, The Flaming Lips o la plana mayor del power pop de las últimas cuatro décadas, comenzando por Badfinger o Cheap Trick, por solo mencionar unos cuantos nombres, no hubieran despachado muchas de sus canciones de no haber existido antes Lennon. Con sus contradicciones, sus luces y sus sombras, su figura no ha hecho más que agrandarse con el paso del tiempo. Y eso es algo que no se puede negar. De ninguna de las maneras.