
Lo aplicó el maquillador Pierre La Roche, lo inmortalizó el fotógrafo Brian Duffy, y desde la muerte de Bowie en 2016 ha multiplicado su presencia como icono pop de primera magnitud, símbolo de un genio irrepetible y customizado a capricho por personajes de lo más variopintos.
Cuando un determinado símbolo aparece lucido en el rostro de gente a quienes nunca supondrías de esa guisa, es que ya ha pasado a formar parte de la cultura popular. Ocurre con las canciones, que se les van de las manos a sus autores cuando es la gente la que le confiere su particular significado y encaja sus letras adaptándolas a su situación particular. Y ocurre también con muchos de los símbolos y logos de grupos que nunca imaginaron que tendrían tal proyección en el tiempo, a veces después de disueltos o muertos, como fue el caso de los Ramones o Joy Division.
Cuando en enero de 2016 pudimos ver por la tele a Lydia Lozano con la cara pintada con el popular rayo que inmortalizó la portada de David Bowie en Aladdin Sane (RCA, 1973), a modo de particular homenaje al gigante de la música pop recientemente fallecido, supimos que ya no había marcha atrás. Que el dicho rayo había perdido definitivamente el control de sus creadores. Que el asunto se había ido de las manos sin solución. Que había llegado al corazón mismo de la prensa rosa, allá donde nunca la imaginaríamos. Poco importa que a Lozano la llamaran «frívola» en redes. O que la acusaran de populista. Tenía pleno derecho a lucirlo, como cualquiera.
Desde su muerte, hace cinco años, el rayo bowieano ha visto como su presencia se multiplicaba. En consonancia con el consenso general acerca de la importancia capital de un artista total que no solo fue un genio de la música, sino que también tendió puentes con el diseño, el cine, la moda y la cultura visual en cualquiera de sus manifestaciones. Bowie llegaba a todas partes. Fue una figura de alcance universal, indiscutiblemente.
El rayo que lucía Bowie en aquella portada estuvo incluso a punto de convertirse en una gran escultura en pleno Brixton (ver foto más arriba), el barrio londinense donde nació el cantante y en el que vivió durante sus primeros seis años. Finalmente no llegó a concretarse, porque el acopio de fondos entre particulares no reunió la cantidad suficiente, y el homenaje tampoco podía sufragarse con coste al erario público.
Quizá si todos aquellos que alguna vez han lucido el famoso rayo en su cara o en una de sus camisetas hubiera aportado su granito de arena, podría haberse llevado a cabo, al igual que si los Ramones hubieran vendido en vida la misma cantidad de discos que de camisetas, otro gallo les hubiera cantado. Pero esa es otra historia.



El caso es que el rayo apareció en la portada y en la fotos interiores de aquel álbum tras ser pintado por el maquillador francés Pierre La Roche y fotografiado por el británico Brian Duffy. Se dice que ambos se inspiraron en el logotipo de un horno Panasonic. La Roche había comenzado su carrera profesional como aprendiz en la compañía cosmética Elizabeth Arden, y pronto trabajaría para estrellas como Mick Jagger y Tim Curry. Duffy, por su parte, tenía una estrecha implicación laboral en diversos medios británicos durante los años sesenta, y suyas serían también las portadas de Lodger (RCA, 1979)y Scary Monsters (and Super Creeps) (RCA, 1979).
El rayo de color azul y rojo simbolizaba la dualidad en la que Bowie se veía inmerso desde que supo que su hermanastro padecía una enfermedad mental, y que también se trasladaba al propio color de sus ojos, distintos entre sí: el lado derecho de su cara se correspondía con su ojo sano, y el izquierdo lo hacía con el de su pupila dilatada, a consecuencia de un fuerte puñetazo que había recibido cuando era un adolescente. Representaba también la dualidad de su propio título, alentada por el trastorno de su hermano: Aladdin Sane significa Aladín el cuerdo, pero también se pronuncia como A Lad Insane, esto es, Un chico loco. No era, pues, una distinción banal ni apresurada.
También se dice que esa división del rostro de Bowie en dos partes respondía a los sentimientos encontrados que el artista tenía respecto a su proyección en los EE.UU. y su reciente condición de estrella internacional. En cualquier caso, era una imagen plenamente consecuente con su obra y su estética, que siempre hizo bandera de la ambigüedad (no solo sexual) y de la mudanza de piel creativa. Sí, el tópico del gran camaleón, nunca tan cierto con ningún otro músico.
En su momento, aquella imagen fue la más costosa que se había utilizado nunca para la portada de un álbum. Pero ninguno de los implicados llegó a pensar que tendría tal trascendencia con el tiempo. Ha sido considerada por muchos como la Mona Lisa de las portadas de discos, pese a que en su momento generó una cierta controversia. Y pese a que los giros estéticos y estilísticos de David Bowie siguieron generando emblemas visuales de peso durante las siguientes décadas, ninguno ha tenido el calado (por un motivo u otro) que este, nacido de uno de esos afortunados momentos en que casualidad y genio se alían, y que tan marcados quedan para siempre en la historia de las artes del siglo XX. Y también, desde luego, más adelante en el tiempo. Hasta el punto de que en lo que llevamos de siglo XXI ha multiplicado su presencia.