
Mientras se mantiene el misterio sobre su anunciado nuevo trabajo, la sombra de la cantante británica de origen nigeriano sigue creciendo sobre músicos de nuevas generaciones.
Era la elegancia personificada. La clase. El estilo. La estrella de la que todos se enamoraban. Hace una década que no pisa un escenario, y once años han mediado desde su último disco, pero en lo que llevamos de 2021 no pasa una semana sin que a un servidor le llueva, ya sea por algún medio de comunicación, por algún amigo o por algún conocido, alguna referencia a Sade. «Me he cascado este fin de semana una sesión con mi música favorita de los ochenta, la que me da mejor rollo: Sade, The Style Council o Prefab Sprout», me comenta alguien por whatsapp. Leo críticas de nuevos discos, como el notable nuevo trabajo de Jorja Smith, y es imposible que su nombre no emerja de nuevo. El runrun sobre ella es continuo, pese al tiempo que ha pasado. Como el rumor de una corriente subterránea, pero no imperceptible. Mientras tanto, sus redes sociales acumulan telarañas desde finales de 2020, cuando se anunció la lujosa reedición en vinilo de algunos de sus discos. El silencio.
En gran medida, es lógico. Su música, la música de su grupo – porque Sade es el nombre de pila (abreviado) de Helen Folasade Adu, pero también el de su banda, que mantuvo durante casi todo el tiempo una formación estable – , se adelantó al r’n’b moderno y al neo soul. Se adelantó, por supuesto, a la emergencia de muchas de las grandes estrellas femeninas de ébano de los últimos tiempos, desde Beyoncé a Amy Winehouse. Y lo hizo con el aroma orgánico de los tiempos en los que internet ni existía y los programas de software de producción musical eran aún ciencia ficción, cuando lo digital apenas parecía una remota posibilidad en el horizonte, en discos tan sensacionales como Diamond Life (1984), Promise (1985), Stronger Than Pride (1988) o Love Deluxe (1992).
De un tiempo a esta parte, hay un continuo runrun acerca de cómo la música de Sade ha influido en generaciones de músicos posteriores.
Luego editó tres álbumes más, pero los que sentaron el canon fueron aquellos cuatro, sustentados por una magnífica banda en la que siempre sobresalían el saxo y la guitarra de Stuart Matthewman, la excelente producción de Robin Millar o Mike Pela y su propia personalidad, imponente y siempre refractaria a la fama, pese a su bagaje previo como modelo. Destacaron por blandir un concepto del soul muy británico, colindante – en su forma de filtrar preceptos del jazz y de la bossa nova – con el de The Style Council y Everything But The Girl, pero con una visión del mismo más a largo plazo.
Hace ya unos meses, Sade Adu anunció estar trabajando en un disco nuevo, y tanto los medios como su fandom activaron las alertas. De momento, poco más se ha vuelto a saber, y la espera está siendo amenizada con la reedición de sus seis álbumes en una lujosa caja de vinilos.
La de Sade es música que difícilmente puede envejecer. Que aunó las mejores propiedades del pop, del jazz, del soul y del r’n’b (también del reggae en su última fase, la menos provechosa) para dar con una fórmula satinada, opulenta instrumentalmente pero discreta, más abonada al sigilo que al estruendo, mecida por una espectacular voz que no necesitaba forzar un reguero de melismas, como toda la legión de imitadoras de Adele llevan haciendo en la última década en un sinfín de talent shows que son como una exhibición de trucos de mal pagador, la repetición seriada de una colección de grititos que tratan de ocultar la falta de autenticidad bajo una capa de burda pirotecnia. Simple maquillaje para emociones que huelen a impostadas.

Por algo la carrera de Sade como vocalista brotó de la casualidad, como una solución de emergencia en su primera banda hasta que apareciese una cantante «de las de verdad». Lo curioso es que la tenían ya, con solo 17 años, pero esta no necesitaba alzar mucho la voz. Se nota que Nina Simone, Astrud Gilbert o Peggy Lee eran algunos de sus referentes.
En tiempos de incontinencia creativa, en los que no hay Cristo que no publique una nueva canción cada dos meses en sus redes sociales por miedo a caer en el olvido, es un valor añadido el enroque de Sade en publicar canciones y discos solo cuando siente que tiene algo que decir de verdad. Hace años que vive refugiada en una gran casa en mitad del campo, en Gloucestershire, en el suroeste inglés, alejada del ruido y sin conceder ninguna entrevista.
Se lo puede permitir, obviamente. Por algo vendió más de 75 millones de discos desde 1984 hasta ahora. No necesita que su community manager, sea quien sea, se estruje las meninges ideando nuevas publicaciones. Se ganó a pulso un hueco en la historia, que nadie le puede discutir. Y también el derecho a vivir de rentas. Muy lejos de los focos.
Hace muchos años que Sade vive alejada del ruido, en medio del campo, sin dejarse ver ni conceder entrevistas, pero su huella en otros músicos ya habla por ella.
Escuchar a los Rhye de Mike Milosh, por ejemplo, es lo mismo que darse cuenta de que ese molde de sensualidad serena y seductora, con acentuación soul, ideal para amenizar cualquier ocasión señalada, ya lo explotó Sade hace casi cuatro décadas. Disfrutar con Jorja Smith, Moses Sumney, Princess Nokia, Kali Uchis, Kelela, Tinashe, Ralph, Kandace Springs o algunos momentos de the 1975, e incluso con algunos otros nombres que hunden las raíces de sus carreras en tiempos algo más lejanos, como Zhané o Corinne Bailey Rae, es certificar el peso de su legado, porque además hablamos de músicos y músicas que han reivindicado públicamente su figura, sin ambages.
Nos empeñamos, sin suerte, en buscar en cualquiera de ellas a la nueva Sade. Pero dar con ello es una misión seguramente abocada al fracaso. Porque por mucho que sus teóricas sucesoras y sucesores brillen con luz propia, difícilmente podemos pedirles que encarnen un relevo a su altura.