Entre el thriller rural y el terror psicológico, la nueva película de Rodrigo Sorogoyen, con música de su habitual Olivier Arson, es un descomunal retrato de la España vaciada como fermento de instintos atávicos.
Pocas películas veréis este año que transmitan una tensión más a flor de piel. Prácticamente se puede cortar con un cuchillo. Aunque la violencia solo sea explícita durante unos minutos. Las dos horas y cuarto que dura la película de Rodrigo Sorogoyen se pasan en un soplo porque ensartan al espectador en su butaca, pero también lo zarandean hasta inocularle una profunda sensación de desasosiego que no se disipa hasta un buen rato después de abandonar la sala de cine. La sensación es agridulce: has visto un peliculón, pero también un inquietante reflejo de nuestra personalidad y de los detritus sociales que va dejando el rodillo del progreso a su paso.
En ese sentido, y aunque su tratamiento no tenga nada que ver (es más frecuente que sean la danesa La caza, de Thomas Vinterberg, o la yanqui Perros de paja, de Sam Peckinpah las que suelan asomar en sus críticas), As Bestas guarda cierto paralelismo con otro de los grandes filmes españoles de los últimos tiempos, Alcarràs, de Carla Simón: el abandono de los trabajos del campo y la implantación de la energía eólica, la disyuntiva entre un mundo que se apaga y otro que emerge, la España vaciada y el éxodo rural ante el implacable progreso tecnológico, que va dejando por el camino un reguero de cadáveres en forma de oficios caducos. Y las familias que se quedan a la intemperie, con su subsistencia más que amenazada. ¿Fermento para el rancio populismo?
Realidad poliédrica
Ese es uno de los ejes sobre los que se mueve, pero también la sombra de esa xenofobia, la dicotomía entre hombre y mujer (perfectamente expresada en las dos partes diferenciadas de su metraje, tanto en ritmo narrativo como en su música, compuesta de nuevo de forma magistral por el habitual Olivier Arson) y las relaciones familiares, ya sea entre padres e hijos como las conyugales. Sin subrayados innecesarios. Sin explicitar más de la cuenta. Sin sentimentalismos de cara a la galería.
Sí, son muchas cuestiones en una sola película, más aún cuando los diálogos son parcos. Pero tal y como confiesa el tándem que la ha ideado, el que forman Sorogoyen e Isabel Peña, aquí mezclan de un modo más orgánico y natural incluso que en algunas de sus obras anteriores, como la celebrada El Reino (2018), que arrasó en los Goya de aquel año. En As Bestas, quienes son del pueblo quieren irse, y quienes llegan de fuera quieren quedarse. Una aparente paradoja.

Sorogoyen y Peña construyen en esta historia, ambientada en una pequeña aldea gallega, una atmósfera opresiva, malrollera, oscura. Esa calma tensa que precede a la tormenta. Esos nubarrones amenazantes que anteceden al trueno. Una especie de western rural, entre el thriller y el terror psicológico, que huele a madera, a barro, a establo y a mierda de vaca, y desvela algunos de nuestros instintos más atávicos y viscerales. El hecho de que esté basada en un hecho real que saltó a la prensa en 2010 no la hace menos inquietante. La violencia física que emite es real, aunque ceñida a un momento concreto, pero aún lo es más la psicológica. Las miradas, las insinuaciones, las amenazas veladas.
Destaca entre su eficaz reparto el trabajo, una vez más, de Luis Zahera. Huele de nuevo a Goya, como el que obtuvo por su papel en El Reino (2018). Su personaje tiene una fuerza descomunal. Sus diálogos con Denis Ménochet en el bar de la aldea son memorables. Da vida a una psique perturbada pero poliédrica, violenta y desafiante pero con un fondo (muy pero que muy fondo, la verdad) con algo de ternura, en cierto modo desvalida. Cada vez que aparece en pantalla, él solo la llena. Es una grandísima película. No os la perdáis.
Foto de portada: Lucía Faraig.