Retrocedemos hasta 1981 para rescatar la canción que abría Architecture & Morality, el mejor disco de uno de los grandes grupos del pop electrónico de siempre, de la mano de Abraham Boba.
Llevo unas cuantas semanas haciendo promoción de un nuevo disco, hablando, explicando, conversando, aprendiendo incluso cosas que desconocía sobre mi propio trabajo. Cuando haces música ocurre, a veces, que lo que tú escuchas no es lo que los demás escuchan. Las ideas se transforman en un sonido, en una imagen en tu cabeza que intentas alcanzar. Pero quien escucha ese sonido se crea otra imagen distinta.
Lo mismo pasa con el significado de las letras de las canciones. Es fascinante. Para mí, lo que no está latente en las canciones, lo que queda oculto, tiene mucho que ver con el subconsciente y con una regresión a la infancia. No pretendo ponerme místico, ni mucho menos científico, así que explicaré esta teoría con un ejemplo sobre el disco que hoy escojo: Architecture & Morality, de OMD.
Se publicó en 1981, yo tenía seis años. Mi hermana mayor quería este disco y mi madre se lo regaló. A mi hermana le gustaba especialmente esta música, lo que se llamó new wave o synth pop, pero que aquí se denominó, como muestra la pegatina en la portada, MÚSICA TECNO POP.
«Se le llamó new wave o synth pop, pero aquí se le denominó, como muestra la pegatina de su portada, como música tecno pop».
Parece ser que muchos escuchan esos ecos en mis canciones. Desde luego no es premeditado. Tan solo es la música que sonaba de vez en cuando en el salón de mi casa cuando era un niño. OMD, el grupo con tres nombres. El acrónimo de Orchestral Manoeuvers in the Dark, conocidos aquí como Maniobras Orquestales en la Oscuridad, en uno de esos misterios que hace que traduzcamos el nombre de un grupo.
Quizá por ser bastante cinematográfico. Desde luego, no hay más que echarle un ojo a la maravillosa portada del disco, obra de Peter Saville y Brett Wickens, para darse cuenta que estos chicos de Meols (Reino Unido) daban mucha importancia a la estética. Arquitectura y moralidad, líneas que recuerdan a la Bauhaus, un troquel en la portada, todo muy arty.
En su tercer disco, el tándem compositivo que formaban Andy McCluskey y Paul Humphreys exploraba caminos algo más experimentales, después de haber colocado un hit como «Enola Gay» en lo alto de las listas de todo el mundo apenas un año antes. En España no dejaba de sonar en las radios comerciales.

Con el tiempo, Architecture & Morality se convertiría en el mejor disco de OMD, sobrepasando en canciones y concepto a sus otras producciones en los ochenta y no digamos ya a la época de deriva comercial que el grupo tomó en las siguientes décadas. Cuando decidí escribir sobre este disco no sabía qué canción en concreto elegir esta vez.
Es un disco heterogéneo, con cortes industriales que se acercan a la música concreta y al avant garde, conviviendo con hits ñoños como «Souvenir». Lo curioso es que la mezcla funciona bien y el disco tiene algo de adictivo. Lo pongo en el tocadiscos para escucharlo entero, pero en cuanto suena la primera canción, «The New Stone Age», sé que es la que voy a elegir.
La canción (y el disco) comienza con un chirrido como de puerta metálica, mezclado con una pista de ruido procedente de algún sintetizador. En seguida un bombo, posiblemente de una CR-78, una caja de ritmos que aparece en otras canciones. Redondo, seco, cortante y a negras, como para sonar en un club.
«El sonido potente y afilado de su sintetizador y la voz de Andy McCluskey, que recuerda a un Robert Smith enfadado, son los mayores aciertos del tema».
Los siguientes instrumentos en aparecer son una guitarra rasgada y cruda y una melodía de sintetizador que suena como una sierra y se apodera de todo. Son solo cuatro notas, pero el sonido es tan potente y afilado que se te clava en el cerebro. Para mí, es el mayor acierto de este tema. El otro es la rabiosa forma de cantar de McCluskey, que a veces recuerda a un Robert Smith enfadado.
De enfado con uno mismo, parece que tenga que ver la letra de esta canción. El verso que se repite varias veces, ese «Oh Dios mío, qué he hecho esta vez», deja claro que esto va sobre algún tipo de culpa. El resto de la letra, no demasiado extensa, se compone de algunos versos más abiertos a la interpretación, que tanto pueden servir para hablar de los remordimientos que genera una mala decisión como de una posible guerra nuclear.
Es una canción sin estribillo, una característica de casi todos sus hits, en los que lo que la gente recuerda y canta no es una letra, sino la melodía de un sintetizador. Eso pasa en «Enola Gay», en «Souvenir» o en «Joan of Arc (Maid of Orleans)». Melodías completamente coreables que te transportan inmediatamente a aquella década.

Muchas de esas melodías en este álbum fueron grabadas con un instrumento que en los ochenta no estaba para nada de moda, el mellotron. Su funcionamiento, básicamente, se basa en que tocas una tecla y pones en marcha una cinta con un sonido pregrabado, bien sea de violines, de flautas o de un coro humano.
Tiene un sonido característico que todo el mundo identifica con el comienzo de «Strawberry Fields Forever» de los Beatles. Pero aquí, mezclado con otros sintetizadores, no es tan sencillo reconocerlo. Aún así, ellos mismos dicen que el álbum al completo es el resultado de explorar las posibilidades del mellotron.
«The New Stone Age» avanza a un tempo constante, sin cortes de ritmo ni cambios armónicos, rabiosa e imperfecta. Es, de hecho, el beat más rápido de todo el disco, que se mueve más en tempos lentos de balada, patrones de caja medievales o, directamente, canciones sin un ritmo concreto, piezas que son combinaciones de texturas.
«Muchas de las melodías de este álbum fueron grabadas con el mellotron, un instrumento que no estaba de moda entonces, cuyo sonido todo el mundo identifica con «Strawberry Fields Forever» de los Beatles».
Esas texturas son también las que aparecen al final de esta canción, en una especie de coda que dura prácticamente un minuto. La melodía se va diluyendo bajo un acorde disonante de otro sintetizador. La caja de ritmos desaparece poco a poco. Comienza la segunda canción del disco y me parece que estoy escuchando otro grupo. Con el sonido característico de esa década, pero más melodramáticos y mucho menos hirientes.
Aún así, como decía antes, creo que en esa combinación está la magia de Architecture and Morality. Cuando escucho este tipo de música, que tiene algo de frío y sintético, siempre me surge la curiosidad de ver cómo lo hacían en directo, cuando lanzar pregrabados no era tan sencillo como llevar un ordenador portátil y los grupos cargaban en las giras con montañas de teclados y equipos de cinta mastodónticos para reproducir en el escenario lo que habían creado en un estudio.
Busco esta canción y encuentro una versión en directo de aquel año. La versión es realmente buena y la puesta en escena tiene mucho de contemporánea. Perfectamente podría ser un concierto de la semana pasada.
Cuando se publicó este disco, cuando mi hermana lo pinchaba en el único tocadiscos de la casa, Depeche Mode sacaba también su primer álbum. Para entonces, OMD era un grupo conocido ya en todo el mundo. Años más tarde les estaban teloneando, curiosamente cuando decidieron ser más comerciales. Siempre he pensado que ese tipo de decisiones no llevan a nada bueno y, desde luego, a nada divertido o emocionante.
Rescaté este vinilo hace unos meses. Llevaba años olvidado en el mismo salón en el que sonaba en los ochenta. Recordaba algunas canciones, otras en absoluto, supongo que mi hermana pasaba los cortes más experimentales, porque eso sí que me parecería extraño: que en algún momento sonase en mi casa. Aunque quizá sí, no era tan fácil saltarse una canción en un vinilo, tenías que estar atento, exigía mirar la aguja, mirar el surco, algo de puntería y delicadeza para no rayarlo.
Así que tal vez sí lo escuché varias veces al completo y quién sabe si esa parte más experimental y vanguardista, menos evidente, surgirá en algún momento y se apoderará de todo a cuchillo, como la melodía cortante de «The New Stone Age».