
El diseño del sol que embutió el disco más rompedor de Primal Scream, que está a punto de cumplir treinta años, tuvo una génesis tan milagrosa como su extasiante contenido.
¿Es un sol como la copa de una pino, dándonos la bienvenida a la hora del alba o despidiéndonos al llegar el ocaso y con los ojos bien abiertos? ¿Es simplemente una cara alegre, con las pupilas dilatadas por el consumo de pastillas de éxtasis en pleno subidón lisérgico? ¿Es la viva imagen de la obnubilación sinestésica, esa que se expresa mediante tres colores tan básicos como son el rojo, el amarillo y el azul, dando pie a una mezcla de sensaciones auditivas, visuales, gustativas, olfativas y táctiles que sólo se experimenta con la música más física, esa que nos pone las emociones a flor de piel? Pues seguramente esta imagen sea eso y también algunas cosas más.
Poco podía imaginar Paul Cannell, el artista gráfico que plasmó esta portada, que acabaría convirtiéndose no solo en el símbolo visual de una época gloriosa para la música pop, la de la fusión de música de baile y guitarras alentada desde el norte inglés a principios de los noventa, sino también en la imagen de marca eterna de una de las bandas esenciales en la historia del pop y del rock, los siempre mutantes Primal Scream de Bobby Gillespie. Un logo tan asociado por siempre a los de Glasgow como la famosa lengua a los Rolling Stones. Ambos sin pretenderlo en un principio, por supuesto.
La lástima de todo esto es que el propio Cannell, quien por aquel entonces era el diseñador de cabecera del sello Creation, no viviera lo suficiente como para ver su creación elevada al estatus de leyenda: falleció prematuramente en 2005, con solo 42 años, y no llegó a tiempo de ver como esta mítica cubierta del álbum Screamadelica (Creation, 1991) se convertía en sello puesto en circulación por el servicio británico de correos, el Royal Mail, dentro de una serie que este dedicó en 2009 a diez discos de una relevancia sociocultural indiscutible, como el London Calling (CBS, 1979) de the Clash, el Power, Corruption and Lies (Factory, 1983) de New Order o el Parklife (Food, 1994) de Blur, entre otros.
Según le dijo Bobby Gillespie a la prensa de su país en aquel momento, Paul Cannell era un espíritu anarquista, que se hubiera tomado con mucha retranca que su imagen apareciera estampada en miles de sellos con la efigie de la reina en una esquina. Como ocurre en casi todas las grandes leyendas en la historia de la música popular, su nacimiento fue bastante casual. Tanto el del contenido del disco como el de su portada, que embute a la perfección su espíritu.

Ni Primal Scream tenían pensado abandonar su tintineante y clasicote indie rock de guitarras para rendirse a una nueva psicodelia henchida por la pujante cultura rave y los sonidos electrónicos, hasta que Andrew Weatherall se cruzó en su camino y les produjo el sencillo «Loaded», en 1990, ni tampoco Paul Cannell pensaba en idear una portada que reflejara con tanta precisión el desparrame lisérgico del momento, los efectos euforizantes del MDMA (éxtasis) y la inolvidable música que surgió a su alrededor a principios de los años noventa.
Paul Cannell (1963-2005) había entrado en el mundo de la música pop gracias a la portada del primer disco de los mancunianos Flowered Up o el single «You Love Us» de los Manic Street Preachers. La portada de Screamadelica (Creation, 1991) la iban a protagonizar, en un principio, los propios miembros de Primal Scream, posando junto a «una modelo sexy». Al menos eso es lo que pretendía Bobby Gillespie. Al fin y al cabo, sus anteriores portadas eran así de básicas. Cuatro tipos con camisas de amebas posando serios. Sin más. Por suerte, Alan McGee, el jefe de sello y amigo personal de Gillespie desde la adolescencia, no le hizo caso. Confió en su intuición. Pensó que con esa imagen no venderían prácticamente nada. Que no se comerían una rosca. De hecho, la banda se encontraba en una complicada encrucijada comercial en aquel momento, necesitada de un éxito tras un par de álbumes que no habían pasado de un discreto segundo plano. Era el momento de asumir riesgos o morir.
Bobby Gillespie quería que en la portada apareciese la banda al completo con una chica, pero el viejo zorro de Alan McGee tuvo el olfato suficiente para disuadirle y optar por un diseño a cargo de Paul Cannell.
Lo más curioso es que el diseñador ni siquiera quiso esperar a escuchar el contenido del disco para esbozar su portada. En realidad, le había bastado con haber escuchado «Loaded», la única canción del álbum que había visto la luz como sencillo mucho antes. Un tema que certificó la operación renove del sonido de la banda de Glasgow, editada como single en febrero de 1990, bajo la producción del visionario Andrew Weatherall, quien a partir de la stoniana (aunque de Primal Scream) «I’m Losing More Than I’ll Ever Have», un sampler de un diálogo de Peter Fonda en la película Los Ángeles del Infierno (1966), de Richard Corman, un ritmo calcado al de un remix italiano del «What I Am» de Edie Brickell and The New Bohemians (y de los hits de Soul II Soul) y un potentísimo coro gospel, dio forma a uno de los grandes hitos de aquel cruce de caminos entre el rock, el acid house, la psicodelia y el espíritu raver .
Curiosamente, la obra maestra de la que formó parte un año más tarde, Screamadelica (Creation, 1991) tuvo que ser facturada desde Glasgow, y no desde Manchester, que era en realidad el epicentro de aquel seísmo de la mano de grupos como Stone Roses, Happy Mondays o Inspiral Carpets. Fue la portada del single «Higher Than The Sun», en cualquier caso (que tampoco quiso escuchar Cannell con antelación) la que le sirvió al diseñador como primer campo de pruebas para la cubierta del álbum completo. Prácticamente escondido en la esquina de uno de sus bocetos, figuraba ese sol invertido que acabaría erigiéndose, como por ensalmo, en la marca visual del disco y de toda la carrera de Primal Scream.

Las influencias más reconocibles de Paul Cannell habían sido hasta entonces el cubismo de Picasso, el impresionismo de Monet o Renoir y el expresionismo de Jackson Pollock y Mark Rothko. Algo de eso hay en el excepcional alumbramiento del artwork de un disco que no necesitó escuchar más allá de una sola canción. El guitarrista Andrew Innes lo definió así, de forma certera: “Parecía que el sol se hubiese tomado una pastilla. Era cálido y psicodélico. Era todo lo que el disco representaba”.
O también, como alguien lo definió una vez, como si el grito de Munch se hubiera descompuesto a base de pastillas de éxtasis en un levitante delirio químico, o como si la distribución circular de los colores de la inglesísima diana mod -una cultura que no era tan ajena al entorno de Primal Scream: el propio Andrew Weatherall había formado parte del colectivo Boy’s Own- se hubiera reformulado para plasmar el irrepetible momento en que el pop británico volvía a hacer historia con una colisión de estilos que marcaría un antes y un después.
La portada de Screamadelica (Creation, 1991), en definitiva, es la viva imagen de aquella nueva lisergia. De las noches sin fin y del ansia por experimentar (con nuevos sonidos, con nuevas drogas, con nuevas pautas de ocio) de una generación que sentó las bases de gran parte de la música pop que llevamos escuchando en las tres últimas décadas.