Abraham Boba evoca el profundo calado emocional de una de las canciones más memorables del repertorio de Bill Callahan.
Me gusta lanzar piedras al agua. Elegir una, cuanto más plana mejor, sostenerla con tres dedos adoptando su forma, doblar ligeramente las rodillas, estirar el brazo a la altura de la cintura y lanzarla con un golpe seco. La piedra se aleja rebotando en el agua, dando saltos cada vez más pequeños, perdiendo fuerza hasta desaparecer por completo y hundirse. Repito este juego (¿tiene nombre?) cada vez que paseo por la playa, o si estoy en un río con caudal suficiente. Siempre me da pena que la piedra se hunda, me gustaría que saltase hasta que estuviese tan lejos que la perdiese de vista.
Las piedras, salvo excepciones, se hunden. La mayoría de las personas, en algún momento de su vida, también. A veces hay que confiar en el poder redentor de las canciones, buscar un poco de luz e ir a por ella, salir del fango y volver a respirar en la superficie. Esto es exactamente lo que hace el personaje de esta canción, «Rock Bottom Riser», incluida en A River Ain´t Too Much To Love (2005), el último disco que Bill Callahan firmó con el nombre de Smog. Creo que es uno de los discos que más he escuchado en mi vida.
La prosodia y el timbre de barítono de Callahan siempre han tenido para mí algo de sanador y reconfortante. Digno heredero de Cohen y Cash, el registro grave de su voz, que comenzó a usar en este disco y que se convertiría en característico a partir de este trabajo, tiene un poder hipnotizante. De hecho, la instrumentación de todo el disco es mínima. Una guitarra clásica, un bajo, una batería, unas notas de piano de vez en cuando. Así se crea una estancia perfecta, no necesitas nada más para estar cómodo y dejar que sea su voz la que la llene. «Rock Bottom Riser» está construida sobre un arpegio repetitivo de guitarra.
«Digno heredero de Cohen y Cash, el registro grave de su voz, que comenzó a usar en este disco y que se convertiría en característico a partir de este trabajo, tiene un poder hipnotizante».
Las notas son las justas como para dejar aire a las palabras de Callahan, pronunciadas con precisión, tomando consciencia de cada sílaba, encajando cada pausa, respirando. La letra tiene algo de poesía de la naturaleza y mucho de enigmático, aunque su propio título ya apunta por dónde van los tiros: «Soy una roca que resurgió desde el fondo / Y te lo debo todo a ti”. Los primeros versos son los que despistan de esa idea inicial de canción de amor clásica: “Amo a mi madre / Amo a mi padre / Y a mis hermanas, también”.
Bien, quizá sea una canción de amor a la familia, algo que no me extrañaría. Al fin y al cabo, Callahan ha escrito canciones de amor hasta para su mejor amigo, su perro. En otra estrofa, hacia el final de la canción, dice: «Dejé a mi madre / Dejé a mi padre / Y a mis hermanas también / Les dejé en la orilla / Y ellos me sacaron de este grandioso río».
Sea como sea, la canción desprende amor, sobre todo en su parte central, cuando los arpegios dan paso a una parte más rítmica y luminosa con preciosos versos como estos: «Desde el fondo del río / Observé los rayos del sol / Dispersándose en el agua / Y llovían las piezas / Como anillos de oro que traspasaban mis manos / Y mientras me aferraba y los sujetaba / Comencé a ascender».

Es precisamente en esa parte central donde se escucha un piano, arpegiando también desde las notas graves a las más agudas. Es Joanna Newsom la que lo toca, otra virtuosa de la canción, y en aquel entonces pareja de Bill Callahan. He tenido la suerte de poder verla un par de veces en directo y son conciertos que recordaré toda mi vida. Sinceramente, es lo más parecido a ver un hada sobre el escenario. Que su instrumento principal sea el arpa supongo que ayuda.
Muchas veces he pensado que ella es la destinataria final de la canción, pero, ¿cómo saberlo teniendo en cuenta el hermetismo que siempre ha caracterizado a Bill Callahan? Y, además, ¿acaso importa a quién esté dirigida la canción? Estos días estoy leyendo El libro de las lágrimas (2020), un ensayo de Heather Christle sobre todo lo que tiene que ver con el acto de llorar. En un pasaje habla de los motivos por los que la gente encuentra placenteras experiencias en principio negativas que el cerebro interpreta falsamente como amenazadoras como, por ejemplo, escuchar música triste.
«El libro de las lágrimas, de Heather Christle, habla de los motivos por los que la gente encuentra placenteras experiencias en principio negativas, como escuchar música triste».
Comprender que se ha engañado a la mente y que el peligro no es real produce un placer derivado de la constatación de la superioridad de la mente sobre el cuerpo. Dependiendo de tu estado de ánimo, escuchar «Rock Bottom Riser» puede hacerte llorar, puedes catalogarla como una canción triste. Sin embargo, es una canción optimista, una canción que redime la tristeza.
Hace unos años fui a tocar al festival South by Southwest en Austin, Texas. Mientras paseaba por una de las calles de la ciudad en la que, durante esos días, no deja de sonar música en cada rincón, me crucé con Bill Callahan. Caminaba ensimismado, con una funda de guitarra en la mano. Pensé en hablarle, pero me dio vergüenza y no lo hice.
Un tiempo después coincidimos en el mismo escenario en Valladolid, en un doble cartel en el que Nacho Vegas y yo abríamos su concierto. Nos lo presentaron durante las pruebas de sonido, apretón de manos, creo que no dijo una palabra. Minutos antes del concierto pasé por su camerino, la puerta entreabierta, Callahan planchaba afanado la camisa que vestiría en el show. Esa noche, junto al batería Neal Morgan, ofrecieron un recital inolvidable. Sonó «Rock Bottom Riser». Este es el momento.
Tras el concierto hablamos un rato. Le regalé una copia en vinilo de mi segundo disco, que se acababa de publicar. En la contraportada de ese disco aparece una foto de la que, por aquel entonces, era mi reciente ex pareja, nos habíamos separado hacía pocos meses. Ella misma se encargó del arte del disco e incluyó su foto.
El día antes al concierto de Valladolid, Callahan había tocado en Barcelona. Ella había ido a ese concierto y le había regalado una ilustración que había hecho, basada en «Rock Bottom Riser». Cuando le regalé el vinilo y le expliqué esta historia, abrió la funda de la guitarra y me enseñó la ilustración. Luego volvió a ver la foto de ella en la contraportada.
Es la misma persona- dije.
Y ya no estáis juntos- dijo.
Ya no- contesté.
Parece que ella lo ha superado. Si no, no habría elegido esta canción para hacer una ilustración- dijo.
Sí, supongo que ha conseguido salir a respirar a la superficie- dije.
