Escuchar «1986», de La Habitación Roja, donde la nostalgia y el optimismo se encuentran, es la excusa perfecta para proseguir mi charla con Jorge Martí. Yo, junto a los acantilados de Azkorri. Él, frente a las montañas noruegas.
En su canción «1986», Jorge recuerda aquel tiempo en que bailábamos con pasión aquella canción que decía que siempre habrá una luz que nunca se apagará. Después se arriesga mucho diciendo que la inseguridad se irá curando con la edad, y acierta poniendo esa luz que cantaba Morrissey en lo importante de mantener el espíritu primero, la ilusión, el descaro y el ímpetu del principio de todo, y dejar que ilumine como una farola el camino que quieres seguir tú mismo, fiel a tu propio juicio.
En esa canción, el optimismo y la nostalgia se encuentran, y en lugar de seguir cada una su rumbo sin ni siquiera saludarse, se paran y charlan un rato. Escucharla es la excusa perfecta para proseguir contando lo que hablamos aquella mañana ventosa aquí, junto a los acantilados de Azkorri, y fría allí, frente a las montañas noruegas.
Jorge Martí: «Pienso que podría ser mejor músico, saber más, tocar mejor, pero al final, lo que realmente me mueven son las emociones, lo que me emocionan son las canciones. Ir donde el corazón te lleve, como el libro de Susanna Tamaro«.
«Escribiendo el libro me he dado cuenta de que cosas que considerarías como fracasos, muchas veces te llevan a grandes momentos de tu vida. No tendría esta historia que contar, ni habría tenido que vivir todas las cosas que he vivido. La poesía de la vida muchas veces es buscar la belleza en las cosas que nos quiebran».
«Yo durante mucho tiempo pensaba que lo que hacía no servía para nada, pero he descubierto que sí . Sí en las personas que admiramos, la tristeza, la belleza, todo el dolor que han sublimado. Ha servido de mucho. De hecho, me ha salvado. Pensar que lo que yo haga puede ayudar a otro me ayuda. Le da más sentido a esto».
«Aunque tú y yo digamos que tocamos mal, lo que sí tenemos es un bagaje y una experiencia, y eso se gana viviendo. Y por eso respeto tanto a la gente mayor, porque han vivido cosas, pasado por cosas que quizas tú no has vivido. Y eso te lo da la edad, en eso yo me siento muy cómodo cumpliendo años, contento».

Ricardo Lezón: A mí me ha pasado que cuando he intentado darle vueltas a algo es cuando peor ha salido. Yo creo mucho en el impulso. Muchas veces los errores son los mejores aciertos, las cosas que no cuadran. Muchas veces yo me pongo a tocar y sale una frase sola, que no se sabe bien de dónde viene, sale sola y es como si le estuvieras llamando para que salga. Sale a borbotones, no sabes bien de dónde, pero sale de ti.
JM: «Y si te pones a intentar mejorarla es trampa, porque ya no es la verdad del momento ese. Además, hay que tener un poco de misericordia con los fallos».
Nos reímos, tener misericordia con uno mismo es un deporte complicado, como el curling, esa especie de petanca sobre hielo en la que si te pasas, pierdes, y si te quedas corto, también. La verdad es que no he jugado al curling en mi vida, pero la petanca ya aparece en el horizonte como una posibilidad real junto al dominó y la brisca. Regateemos de nuevo a la nostalgia, aunque nos esté marcando al hombre como un Giuseppe Baresi en sus tiempos más cruentos.
RL: Muchas veces pienso en lo importante que es mantener un rollo amateur. Esquivar el peligro de que todo se vuelva un «hacerlo por obligación». No se dónde leí o vi algo de Nick Cave donde contaba que tiene una oficina donde se encierra con el piano y hace horario de oficina y yo siempre he sentido que no quería eso, que no queria convertirlo en una rutina. No estoy nada de acuerdo con esa frase de «que la inspiración te sorprenda trabajando», me da mucho miedo eso, que te pille tocando o cerca de la guitarra o con un boli en la mano pero que no sea un trabajo».
JM: «Sí. ¿Sabes que al escribir el libro me he dado cuenta de que yo he tenido mucho ímpetu? Hasta me he enamorado un poco de eso al recordarlo. Una sensación como de «jo, qué cosas más bonitas tenía». De querer hacer cosas, de soñar mucho. Creo que la pena de la vida es que te desgaste la costumbre, que las cosas que te pasan dejen de ser extraordinarias. Por eso estar en un grupo para mí es estar todavía conectado a ese Jorge, a esos chavales, a ese espíritu que tenía yo en los años ochenta, que es cuando empecé a tocar la guitarra, a ir a conciertos, a comprarme discos. Y el espíritu de esas bandas, de esos grupos, de la música de entonces, todavía lo sigo teniendo. Me inspira y me acompaña. No sé, por ejemplo, cada vez que The Cure hacen una gira, y siguen llenando, y ves el setlist y dices «esas canciones las puedes seguir tocando hasta que te mueras».
«Igual que te contaba que me hacía una cabaña en un solar o en un árbol con mis amigos, para mí montar una banda es como hacerte esa cabaña o como montar el Scalextric con todos los colegas en la casa de uno. Y a veces siento esa emoción cuando vamos a grabar un disco, cuando vamos a ensayar o componemos una canción. Y cuando estamos de gira, y paramos en una estación de servicio en medio de la nada, y uno se come una chocolatina, otro se fuma un cigarro, ese momento bajando el sol, aunque sea un día de verano súper horrible, todo me parece súper bonito y pienso «ojalá esto no se termine nunca». Yo me siento súper agradecido de haber podido vivir todos estos momentos, y no quieres que se acaben nunca. Todo es muy efímero, pero sentir eso es como una forma de aferrarse a la vida».
«Al escribir el libro me he dado cuenta de que yo he tenido mucho ímpetu, hasta me he enamorado un poco de eso al recordarlo».
RL: Me siento identificado con eso que dices. Mi ambición se vio colmada ya cuando monté el grupo. Y lo hemos vivido todo así. Todo lo que vaya viniendo es un regalo, y hay que vivirlo como una suerte. Nunca dejar de estar agradecidos. Yo lo vivo todo así. Qué suerte de poder vivir esto, más que vivir de esto. Y creo que si dejara de vivirlo así, me perdería».
JM: «Sí. Yo estoy muy orgulloso del grupo, de todo lo que hemos vivido. Hemos pasado por mucho. La gran aventura de nuestra vida ha sido este grupo. Hemos llegado más lejos de lo que habíamos soñado. Y todavía a día de hoy pienso que los mejores conciertos que hemos dado han sido los últimos, y eso me da mucha esperanza».
«Una de las cosas que más me sorprende del grupo, e incluso de mí mismo, es la capacidad que tenemos de venirnos abajo, pero esa capacidad se ve superada con creces por la capacidad de levantarnos. Y para venirnos arriba sólo necesitamos una canción bonita. Yo me sentía muy sólo en el instituto, en la juventud: no tenía con quién compartir los grupos que me gustaban, no conocía a nadie que tocara la guitarra. El día que Jose y yo conseguimos reclutar a Pau y tuvimos un bajista también, Juanjo, que fue el primero, y luego ya entró Marc, el hecho de poder tocar los cuatro me ponía la piel de gallina. Estaba emocionado de que hacías una canción y luego ibas ahí y entre los cuatro la levantábamos. Y eso es lo más grande de la música».

Al tiempo no le importa tu ritmo. El futuro nunca se detiene, como esas cintas transportadoras que hay en los aeropuertos. Hay quien prefiere andar como siempre y las evita, quien se sube a ellas y deja que les lleve, y también hay quien se monta y además camina sobre ellas, y luego estamos los que, si nos subimos, nos tenemos que agarrar para mantener el equilibrio. El caso es que, de una manera u otra, todo avanza. Y al avanzar cambia las cosas, y sobre todo la forma de hacerlas.
La música también lo ha hecho, de eso hemos hablado mucho. De lo que va desapareciendo y de lo que lo ha empujado y que será empujado a su vez por cosas y formas que aún no conocemos. Cuando Jorge y yo comenzamos, lo que ahora existe no existía, y lo que ya no existe era lo que nos enamoró. Antes, y aquí me entrego sin pelear envuelto en una bandera blanca y me subo a la cinta transportadora para correr en sentido contrario contra su imbatible motor, antes, decía, el lugar que nos inspiraba era una remota cala a la que solo se llegaba campo a través o remando en una balsa de plástico. Ahora hay una autopista que te deja en la arena, un aeropuerto y una estación de tren a pie de playa, motos de agua y yates que fondean tranquilamente. Esa cala era grabar un disco. Este discurso, manido y repetido hasta la saciedad, me sigue interesando, ¿qué le voy a hacer? ¿Podremos enamorarnos de las nuevas formas algún dia o solo podremos aceptarlas?
JM: «Nosotros empezamos en una época donde empezaban los festivales. Yo me acuerdo de estar repartiendo las maquetas de La Habitación Roja en el primer FIB. Creo que venimos de un sitio en el cual el espíritu era totalmente amateur, yo quería ser músico, hacer discos. Yo me alegro mucho que nos llamen de los festivales y poder hacerlo, pero siempre he pensado que no podemos depender de esto, porque en realidad mi idea de grupo es ser lo más independientes que podamos. Veo que salen muchos grupos y eso me fascina, y veo que hay mucha ambición, que quieren petarlo. Eso nunca estuvo en nuestra cabeza, porque ¿qué es petarlo?».
«Hemos crecido en un momento en el que tener un disco o sacar un vinilo era una cosa que, uff, quien hacía eso era increíble, ¿no? Poder estar y grabar en un estudio, incluso comparte una guitarra, que ibas a una tienda y señalabas una guitarra y el hombre que estaba ahí te decía «eh, quita la mano, chaval». Entonces, yo me siento agradecido de que nos llamen para los festivales, pero no tenemos esa ambición».
«Petarlo nunca estuvo en mi cabeza, porque ¿qué es petarlo?»
«Leía algo el otro dia de Bono (U2) y hablaba de que cuando empezaron ya tenían un manager, que había personas que se encargaban de buscar la promoción. Lo hacen todo de una manera que está todo súper bien hecho. Lo nuestro me recuerdo a las cabañas que hacía con mis amigos de pequeño, que leías cuentos o cómics de gente que se hacía cabañas, o los libros de Alfred Hitchcock y los tres investigadores, que me gustaban mucho, y tenían como una cabaña secreta, como una chabola… Y me da la sensación que un poco así es como hemos ido construyendo el grupo. Ha sido todo asi tan precario que los cimientos están irregulares».
RL: ¿Tú crees? Yo creo que los cimientos cuando son de esta forma, igual son más fuertes, porque puede ser una chabola por fuera pero al final lo que te mantiene es otra cosa.
JM: «Sí, somos como una familia, en ese sentido sí que nos veo muy sólidos. El ser familia lo que hace es que tengas una tolerancia más grande al otro y te permite ser tú mismo. Y eso hace que los peores momentos se puedan superar, porque si no tienes ese rollo de familia… los grupos están condenados a separarse o a discutir».
La casualidad quiere que dentro de cuatro dias viaje a Finlandia a ver a mi hija, que está estudiando allí, y creo que Jorge por entonces estará rulando por España. Cambio de paisajes. Cambio de sensaciones. Cambio de ritmos. Mismo rumbo.
JM: «En el sitio donde vivo, que está rodeado de naturaleza, los fantasmas que puedes tener salen con más facilidad que si estás en la ciudad, donde logras despistarte más. El sol te saca de casa, ves mucha gente. Aquí no se vive así. Es ver hasta qué punto la belleza te sirve, hasta qué punto es aprovechable. Incluso creo que hacer canciones tiene que ver con compartir belleza con otras personas que no están ahí contigo cuando algo te inspira mucho o te conmueve».
Sirve. Servía antes y lo hace ahora.