El proyecto de Jason Pierce ha gozado de tantas resurrecciones como su propio autor, inmunes ambos al desgaste.
La vida mata, dijo una vez Josele Santiago. Pero se le olvidó añadir, aunque seguro que a estas alturas lo sabe mejor que cualquiera de nosotros, que lo que no te mata te hace aún más fuerte.
Jason Pierce (Rugby, Reino Unido, 1965) ha estado a punto de diñarla en más de una ocasión. Se metió drogas que no están escritas (ni desde luego, prescritas), sufrió una neumonía y también un doble paro cardiaco, le cantó a su propia supervivencia con el corazón hecho trizas después de que quien había sido su novia, Kate Radley (a la sazón teclista de su banda) le diera esquinazo para irse con Richard Ashcroft (The Verve), con quien se casó en secreto en 1995, pariendo aquella obra maestra que fue Ladies and gentlemen we are floating in space (Dislocate, 1997) -que justo este año cumple 25 primaveras- y juró y perjuró que su último retoño discográfico, el soberbio And Nothing Hurt (Bella Union, 2018) sería el último de su carrera.
Esto último no lo cumplió. Y aquí sigue, para seguir deslumbrándonos con una música curativa, analgésica, salida como de una época lejana que se resiste a desvanecerse, pero de un calado espiritual tan hondo que sirve para cicatrizar cualquier herida. Es música para corazones solitarios pero también para cualquiera que crea en el poder redentor y jubiloso del rock en cualquiera de sus mutaciones.
No es necesario empatizar con el malditismo ni con el cortavenismo para disfrutarla. Emana siempre de ella un halo de esperanza, una sensación de salvación tras sumergirse en sus serenas pero intensas aguas. Como quien sale de un bautismo liberador.
Todo eso vuelve a revelarse con el vigor usual en Everything Was Beautiful (Bella Union, 2022), el noveno capítulo de una trayectoria de treinta años (tras haber formado parte de los seminales Spacemen 3), otro producto envuelto en una portada que simula de nuevo ser un medicamento, en línea con sus mejores y más recordadas entregas. Con su prospecto, su código de barras y su fecha de caducidad.

Tras haber dibujado una línea curva lentamente descendente a principios de los 2000 (confieso haberme dormido como un alcornoque durante un concierto suyo en el Primavera Sound de 2002), resulta admirable cómo su carrera se recompuso a partir de 2008, justo después de haber pasado un par de mesecitos en la sala de cuidados intensivos de un hospital. ¿Que qué tal el confinamiento por la covid-19? Una broma, debió parecerle. «Algo para lo que llevaba años entrenando», dijo.
16 instrumentos, once estudios y treinta músicos (incluida su hija, Poppy) ha dispuesto Jason Pierce para este disco. Es otra desbocada orgía de rock místico pero también abrasivo. Sin apenas novedades, porque casi nadie se las va a pedir. Si acaso, un sonido de textura algo más orgánica.
«Always Together With You» suena a Brill Building, a los girl groups, al muro de sonido de Phil Spector, siempre desde su particular prisma. «Best Thing You Never Had» es rock and roll sulfúrico con esquirlas de free jazz. El gospel borbotea a gusto en «Let It Bleed (For Iggy)» y en «Crazy». «The Mainline Song» es un avance algo inverosímil, de un vigor instrumental que cala como uno de sus clásicos mantras. «The A Song (Laid In Your Arms)» se resuelve en pleno aquelarre, entre enloquecidos espasmos de electricidad, la versión más alborotada e hirviente de Spiritualized. Y “I’m Coming Home Again” es un broche que bucea en el blues, otro de sus nutrientes habituales.
Pocas novedades, pues. Pero todo tan bien resuelto como de costumbre. El vuelo lisérgico de Mr. Spaceman sigue en pleno vigor, a velocidad de crucero y altitud estable, aunque haga años que es un aplicado padre de familia que se cuida bien de incurrir en ningún exceso. Su leyenda continúa, aunque ya no protagonice portadas.