La banda británica, capitaneada por Rhian Teasdale y Hester Chambers, tiene la virtud de rescatar el viejo-nuevo asombro que es, en esencia, el elixir de la eterna juventud.
Da igual todo lo que haya pasado antes o todo lo que ocurra después. Importa un comino. Solo vale el presente. El aquí y ahora. Y lo que transmiten Wet Leg es eso. La vida a sorbos. El flechazo instantáneo. El efecto fulminante. La pegada directa. Al mentón. El disfrutar de la vida como si no hubiera ninguna noción del mañana. ¿Molan? Mucho.
¿Tenéis más de cuarenta años? Ellas no. Muchos de vosotros sí (ojalá seáis más los que no). Y si ya los tenéis o los rebasáis, sabréis perfectamente lo que es añorar aquella sensación de descubrimiento de las primeras veces. Esa impresión de estar ante algo inexplorado, que se intuye muy grande. El vértigo de lo que nunca se ha experimentado. Ese cosquilleo que te revienta los esquemas, te estruja las meninges y te pone cachondo/a, musicalmente o en cualquier otro sentido imaginable.
Me lo contaba hace poco David Carabén, de Mishima, porque una de las canciones de su extraordinario nuevo disco trata precisamente sobre eso. Sobre esa añoranza (acrecentada por la congelación de la vida en pandemia) del descubrir cosas que te ponen, que te excitan, que te hacen soñar con un nuevo mundo de posibilidades. Un nuevo disco, una nueva población, un nuevo idioma, una nueva playa, un nuevo barrio, un nuevo olor, un nuevo grupo.
«No inventan la pólvora, pero suenan con la misma frescura que te invade cuando descubres algo completamente nuevo».
Pues a eso suenan Wet Leg. Y no porque inventen la pólvora, que no lo hacen, sino por su frescura. Suenan a lo que ya conoces y a lo que empiezan a conocer quienes tienen veinte años menos que tú. Porque sus canciones tienen el gran mérito de apelar a veinteañeros, treintañeros, cuanretañeros, cincuentañeros y hasta sexagenarios. Como mínimo. Son el puñetero elixir de la eterna juventud. No tienen antídoto ni contraindicación.
Puede que lo de Rhian Teasdale y Hester Chambers, lo de estas dos chicas de 29 y 28 años a quienes casi nadie conocía hasta hace unos meses, solo dure un par de temporadas. No es relevante. Lo que proponen es excitante, efervescente, fresco, radiante. ¿Importa que nadie se acuerde de ellas en unos años? NO.
Suenan un poco a lo que escuchábamos cuando la MTV aún molaba porque era una cadena de música, cuando ese difuso espectro de la nación alternativa (repleto de talentos genuinos pero también de advenedizos de pacotilla) parecía un ente capaz de comerse el mundo e instaurar un nuevo mainstream: cuando creíamos que una alternativa real al voraz mercado era posible, ingenuos de nosotros, pardillos crecidos en los noventa.

Escuchar su debut inspira muchas ganas de verlas en directo. Y saltar como resortes. Perder los estribos. Hacer el mongol. ¿Por qué? Porque son canciones chiclosas, adictivas, adherentes, ingenuamente malévolas. Porque, ya que hablamos de los noventa y de todos lo que vino después, irradian el mismo contagio que las Breeders, Elastica, The Ting Tings o los Strokes cuando empezaron. Porque ellas solo querían montar un grupete para asistir gratis a los festivales que les molaban, y han acabado topándose con una gira por medio mundo, vendiendo discos como rosquillas y copando portadas. Y esa ausencia de pretensiones se transmite. Esa espontaneidad permea.
Dicen que su sello, Domino, no necesitó siquiera verlas en directo para ficharlas. Me lo creo. Cuando citan la peli Buffalo 66 (Vicent Gallo, 1998) en «Wet Dream» («en DVD», ojo) como instrumento de ligue por parte de un tipo lamentablemente pasado de rosca, te las crees. Cuando hablan de la «Big D» en «Chaise Longue», insinuando que se refieren a un pene tamaño XXL, no queda más remedio que reírles la gracia. Que sí, que son jóvenes, pero no tanto como para no saber recubrirlo todo con la ácida retranca de quien no se ha caído del guindo precisamente ayer. Y participan de ese sarcasmo tan típicamente británico que es uno de los mejores activos de las islas. Gran ungüento para curar cualquier herida. O al menos, disimularla.
«Cuentan con el gurú Dan Carey a los controles: el gran arquitecto de sonido del último pop británico, su mejor hornada en casi tres décadas».
Son un encanto, y además cuentan con el gurú Dan Carey a los controles, el gran arquitecto del sonido del último pop británico, la mejor hornada surgida de las islas desde hace casi tres décadas: Kae Tempest, Fontaines D.C., Squid, Goat Girl, etc… parece que Wet Leg se han debido aburrir de lo lindo en su isla de Wight, y el suyo acaba siendo también nuestro aburrimiento. Su desidia es nuestra desidia. Porque todos sabemos que no hay mejor combustible para la factura de canciones palpitantes que el tedio. El muermo de no tener nada más excitante a la vista.
También su entusiasmo es nuestro entusiasmo. A veces da la impresión de que pertenezcan a una era que ya dábamos por muerta y enterrada: la de los (muchas veces absurdos) hypes propagados por la prensa musical británica. Son como el hype fuera de la era de los hypes. Como si Stone Roses, The Verve o Menswear aún existieran. El eco extemporáneo que nos indica que no todo ha cambiado, porque además empuñan guitarras.
Pero su discurso resulta irresistible. Son magnéticas. Dulces y perversas. Como gran parte del mejor pop desde la noche de los tiempos. Como si las Ronettes, The Jesus and Mary Chain, The Pipettes o Crystal Castles aún dieran su buena matraca. Lo mejor es disfrutarlas sin pensar en lo que vendrá después, porque en su misma esencia encapsulan ese glorioso sinsentido que es notar que que la juventud te quema por dentro y el corazón se te desboca. Independientemente de la edad que muestre tu documento de identidad.
Son uno de esos grupos que te hacen sentir que tienes cuarenta años cuando en realidad tienes cincuenta, y que tienes treinta cuando tienes cuarenta. Que Dios y la reina de Inglaterra las bendiga. Que igual las necesitamos. Y mucho.