El autor desmenuza una de las canciones definitivas de lo que llevamos de siglo XXI, el gran himno de James Murphy y los suyos.
Tengo tantas ganas de escribir sobre esta canción que reconozco que voy a tener que hacer trampa. Hasta el momento siempre he rebuscado entre mis vinilos y CDs para encontrar una canción sobre la que hablar en esta sección, aunque más bien lo que busco es una excusa para hablar de cosas que me interesan y que extraigo de esos temas. En este caso, el vinilo que he seleccionado no incluye «Losing My Edge», pero si buscáis el disco en plataformas veréis que aparece dentro del tracklist del debut de la banda neoyorquina.
Es la primera canción que James Murphy publicó como LCD Soundsystem en un 12 pulgadas que apareció hace (ya) veinte años. Más tarde se incluyó como parte del primer disco homónimo del grupo en su versión CD. Pero no en el vinilo, que es el que yo tengo. De ahí la trampa.
Dice Jarvis Cocker que las letras no deben ser leídas mientras se escuchan las canciones, ya que las estás extrayendo de su hábitat natural. Estoy de acuerdo en ciertos casos, pero «Losing My Edge» no es uno de ellos. Recomiendo su escucha con la letra al lado, más que para seguir el hilo, como texto de consulta.
Gracias a ella he descubierto músicos que me han servido como inspiración para hacer canciones. Murphy compuso esta canción, precisamente, para poner por escrito muchas de sus influencias. Y ahí está la gracia. La canción surge en realidad de un berrinche. Antes de formar su banda, Murphy organizaba fiestas en las que pinchaba.
«Dice Jarvis Cocker que las letras no deben ser leídas mientras se escuchan las canciones: estoy de acuerdo en ciertos casos, pero «Losing My Edge» no es uno de ellos».
Con el tiempo empezó a ver cómo una generación de DJs más joven que la suya pinchaba esas mismas canciones. Esto le molestó ya no a nivel artístico, si no porque pensaba que perdería su trabajo. De ahí el título de la canción, que se podría traducir como «Perdiendo mi ventaja” o como un “Ya no estoy de moda”.
Así que decidió hacer esa larga lista de influencias y hablar de lo que cuesta ser original en el mundo de la creación musical. El tema (largo, casi ocho minutos) se abre con un estruendo caótico que me recuerda a esas escenas de Cómo ser John Malkovich (Spike Jonze, 1999) en las que a través de una pequeña puerta los protagonistas emprendían un viaje a la mente y al cuerpo del actor.
Aquí, tras el caos, llegas a una caja de ritmos y a la voz de Murphy, que empieza a contar su historia en primera persona. Apela directamente a esos jóvenes que le copian, recurriendo a la frase «Yo estaba allí» como hilo conductor y justificación de su cabreo. Algunas son reales (es cierto que fue uno de los primeros DJs en pinchar esa música, mucha de ella europea) y otras son auténticas boutades, como esta: «Estaba allí cuando Captain Beefheart formó su primera banda, le dije, no lo hagas de esa manera, nunca ganarás dinero».

La canción avanza sobre un riff constante y sobre un solo acorde, sin cambios armónicos. Es el relato y la aparición de instrumentos y capas de sonidos, que se van sumando, lo que hace que no resulte para nada monótona y que te mantenga moviendo la cabeza y los pies casi sin que te des cuenta.
¿Tiene sentido enfadarse por haber descubierto algunos grupos antes que otras personas? Ni siquiera era su propia música, sino la de otros artistas. Tan solo era su colección de discos y esa música le pertenecía tanto a él como a los jóvenes que asistían a sus pinchadas y tomaban nota de lo que sonaba, a esos jóvenes que, como dice la canción, le estaban adelantando.
Esta consciencia de estar ante una contradicción fue lo que impulsó a Murphy a escribir esta canción desde un tono enojado y, a la vez, riéndose de sí mismo. Y ese es quizá el mayor acierto de la canción, además de una producción que suena añeja y a la vez moderna, y que se convertiría en el sonido propio y característico de la banda en todos sus trabajos.
«Las composiciones de James Murphy siempre se han movido en esa línea fina que diferencia la inspiración y el homenaje del plagio».
Las composiciones de Murphy siempre se han movido en esa línea fina que diferencia la inspiración y el homenaje del plagio. Sin ir más lejos, el riff que se repite durante toda la canción es exactamente igual al del tema «Change» de Killing Joke. Creo que, lejos de ser un handicap, son precisamente este tipo de guiños los que hacen que sea tan divertido escuchar sus canciones.
Muchas veces tienes la sensación de estar escuchando algo que ya conoces y que, en realidad, son pistas para llegar al origen de la inspiración. Es como un juego en el que, si ganas, te llevas el premio de conocer las conexiones entre diferentes estilos y épocas de la música. Algo parecido a lo que hoy en día hacen los algoritmos digitales, pero con más gracia y, sobre todo, con más satisfacción para quien acaba descubriendo el tesoro.
Para lo que sí nos puede ser útil una plataforma cualquiera de streaming es para buscar (como quien busca en una biblioteca) los casi sesenta nombres que aparecen citados en la canción. Yo lo he hecho con los grupos que no conocía y he descubierto cosas muy interesantes. De alguna manera, es como si Murphy fuese ese amigo del colegio que te dejaba sus discos por el mero placer de descubrirte nueva música, algo que, en el fondo, creo que también hacen los DJs.
La gente de mi generación descubrió mucha música gracias a esto y a dedicar horas a leer entrevistas y artículos e investigar sobre las influencias de los grupos que nos gustaban. Entender esas conexiones me sigue pareciendo a día de hoy algo muy interesante, y creo que es a ese lugar al que no puede llegar el algoritmo.
«James Murphy es como ese amigo del colegio que te dejaba sus discos por el mero placer de descubrirte nueva música».
Por poner un ejemplo actual; veo muchas similitudes entre algunas canciones de Motomami (2022), de Rosalía, y las de M.I.A. o Arca. Sin embargo, es muy poco probable que estas artistas aparezcan como «similares» cuando escuches a Rosalía. Quizá las mencione en alguna entrevista y su público sienta la curiosidad de ir hacia atrás en el tiempo y comparar. Desde luego, este trabajo no lo va a hacer por ti un procesador de datos.
Merece la pena echar un vistazo al videoclip de la canción. LCD Soundsystem nunca ha sido un grupo de parafernalia, ni en sus videos ni en sus conciertos. Pero tienen la capacidad de hacer que con cuatro cosas sus ideas transmitan y funcionen a la perfección. Qué mejor manera de ilustrar «Losing My Edge» que con la cara de Murphy recibiendo bofetadas. Bofetadas a ritmo, por cierto.
Resulta curioso que tan solo haya en la canción un verso cantado. Toda la letra de «Losing My Edge» está recitada. De hecho, sería prácticamente imposible desarrollar una narrativa como esta encajando las palabras en una melodía. Aquí Murphy recuerda mucho en su fraseo a Mark E. Smith, el alma de The Fall, que ya pasaron por esta sección hace unos meses. Otra conexión.
El verso que se repite hasta el final de la canción es «No sabes lo que quieres»: acertadísimo, tanto para las dudas que genera cualquier tipo de creación, como para resumir en una frase uno de los conflictos que causa el devenir de la vida moderna. A Murphy siempre se le ha dado bien hablar de los problemas de la clase media, la que se come la cabeza teniendo la nevera llena.
«LCD Soundsystem son, para mi gusto, el grupo que mejor combina rock y electrónica».
LCD Soundsystem son, para mi gusto, el grupo que mejor combina rock y electrónica, y la gente que me conoce sabe que me gusta ir a sus conciertos desde hace años. Suenan potentes y vivos, te hacen bailar, y todo lo que suena, además, está tocado por las personas que están en el escenario. Son sus propios instrumentos y una enorme bola de espejos (como dice un gran amigo, la tortilla de patatas del mundo de las luces) todo lo que necesitan para crear una escenografía perfecta para la fiesta.
Recuerdo especialmente un concierto al que fui en Copenhague en una sala pequeña. Ahora son reclamo de grandes festivales y esta es otra forma de verlos, claro está. Aquí, por ejemplo, tuve la suerte de que las educadas gentes de Dinamarca me cedieran espacio hasta llegar a primera fila, al ver que era prácticamente imposible encontrar un lugar en el que alguien no me quitase la visión del escenario. Así son las cosas desde aquí abajo.