¿Su disco punk? No. Su disco más afilado, angustiado, desesperado e incisivo desde su esplendor en los años noventa.
Tiene que ser adictivo. Debe haber un punto de regeneración sanguínea, como eso que decían de Keith Richards y su cambio de sangre, que no sabemos hasta qué punto es una leyenda urbana pero siempre la preferiremos a cualquier sombra de prosaica realidad. He visto este fin de semana por enésima vez a Tim Booth (James) pisando un escenario, ya con sus buenos 62 años, y me cuesta recordarle en mejor forma. Ví a Nick Cave hace poco con 64 (quinta vez) y aluciné. A Greg Dulli (The Afghan Whigs) mejor que nunca a los 50. A Patti Smith con casi 70, mejor que a los 60. Y quienes disfrutaron este pasado verano de Brett Anderson (a punto de cumplir 55) y sus Suede aún se frotan los ojos. Ya no es que las adicciones del pasado no les pasen factura: es que las tablas les dan la vida, les procuran una juventud eterna. ¿Qué diablos comen?
En el caso de Suede la cosa podría limitarse el reverdecimiento de los mismos viejos laureles. Pero no es exactamente así, por mucho que exhumaran Coming Up (1996) hace unos meses. Anderson es hoy en día un abnegado padre de familia, limpio de polvo y paja (nos lo contó en sus dos extraordinarios libros autobiográficos), pero el tardío póker que nos ha regalado en la última década recorre tantos registros -o más- que su primera fase de esplendor, y ahora lo hace (además) con un sentido de la urgencia que nadie podía esperar a estas alturas.

El melodrama pop de Bloodsports (2013), la oscura grandilocuencia de Night Thoughts (2016), el sinfonismo crepuscular de The Blue Hour (2018) y, ahora, esto. Algo para lo que creo que no estábamos preparados. ¿Es este Autofiction (2022) su disco punk? No. Es su disco más afilado, angustiado, desesperado e incisivo desde los años noventa. Impropio de unos señores que teóricamente están mucho más cerca de la edad de jubilación que de la del estreno, que le cantan a la madre fallecida hace más de tres décadas («She Still Leads Me On») o a la adolescencia perdida («15 Again») sin sonar ridículamente nostálgicos, cursis o desfasados.
Los Suede de 2022 han vuelto a los riffs infecciosos, a los estribillos de animal herido que conjugan congoja y orgullo, a las aristas de un discurso vivaz, elocuente y hasta lacerante (cómo escuece «Personality Disorder», cómo muerde «Shadow Self», con su musculoso bajo), como si la vida se les escapara entre los dedos y necesitaran reconectar con su primera juventud pero lo hicieran ya sin apenas rastro de aquella insalubre pero adictiva reformulación glam rock que tanto le debía a David Bowie: apenas hay rastro de ella, y ese es su principal atributo, su más reconocible mérito ahora mismo.
Suede no solo perviven, como tantas y tantas otras bandas que pasean su dignidad por medio mundo tras tres o cuatro décadas de carrera, sino que además justifican su relevancia, aunque no inventen la rueda. Aún importan. Y de qué modo. A paso imperial.