El músico británico, tercer vértice del trío londinense y único que no había publicado nada por su cuenta, edita un notable disco de debut.
No debe ser fácil acostumbrarse a que todo lo que hagas, desde una temprana edad, tenga éxito. O sí: que les pregunten a todos esos músicos prácticamente anónimos para el gran público. El mundo está repleto de ellos. Y lo deben desear. Pero todo lo que ha hecho Oliver Sim ha tenido gran repercusión, desde que sus primeras canciones vieron la luz.
Con solo veinte años supo Oliver Sim (Londres, 1988) lo que era que su grupo se convirtiera en una referencia: 2009 fue el año de la temprana consagración de The xx, el trío que forma desde entonces junto a su amiga de la escuela, Romy Madley-Croft (con quien durante años ha formado una alianza que, en lo vocal y en lo lírico, resulta como unos Everything But The Girl de la generación millennial) y a Jamie Smith, más conocido como Jamie xx, un año más joven que ambos, y quien fue el último en sumarse y así completar el triángulo. Era imponente ver con qué aplomo llevaban sus canciones al directo ante varias decenas de miles de personas, como pudimos comprobar por primera vez en nuestro país en el Primavera Sound de 2010.
Aquel disco homónimo de debut encumbró a The xx como los nuevos reyes de un pop minimalista y oscuro, de tacto doméstico y sigiloso, entre la alargada sombra del post punk y un r’n’b de muy baja fidelidad, que ha sido signo de nuestro tiempo desde entonces. Una forma de hacer música que se beneficia de los avances de la tecnología (ya no hace falta un gran estudio), de la melancólica pesadumbre de las generaciones que han ido tratando de prosperar en la vida justo tras el crack económico de 2008 y de la austeridad que ha regido prácticamente cualquier música sintética nacida en el siglo XXI, desde las producciones escuetamente tribales de Timbaland o The Neptunes hasta los enjutos rompecaderas de Rosalía o de la generación del trap o del soundcloud rap.
Tras The xx se popularizaron el dubstep, el witch house y otros estilos que no eran precisamente la alegría de la huerta. Proyectos como Grimes, Santigold (quien está ahora de vuelta), FKA twigs o Chvrches, que no destacan por su candidez ni por su luminosidad. El trío británico preludió con aquel insuperable disco una forma muy particular de poner sonido a cierto desencanto generacional. Ese que ese gasta pocas estridencias y economiza cualquier alarmismo, porque no conoce lo que es vivir tiempos mejores. Más bien al revés: sus expectativas profesionales, la fluidez de sus relaciones personales (pese a las mil redes sociales y apps) y su bienestar climático no han ido precisamente a mejor.
El debut de Jamie xx con un espléndido trabajo de pop electrónico que puso sonido al verano de 2015 (In Colour), así como el consiguiente tercer disco del trío, I See You (2017), aportaba unas notas de color que le vinieron muy bien al núcleo creativo de The xx. Su música era menos hermética, menos gris, algo más asequible y comercial, y Romy Madley-Croft no tardaría en publicar su primer single, siguiendo los pasos de su compañero Jamie, el arquitecto musical del proyecto, en 2020. Solo faltaba Oliver Sim por pronunciarse por su cuenta.
Y lo acaba de hacer con Hideous Bastard (2022), una colección de canciones que, pese a contar con la producción de Jamie xx y la colaboración de Romy Madley-Croft, no es un cuarto disco encubierto de The xx. Ni mucho menos. Es un disco de acusada personalidad. En el que Oliver Sim expone sin cortapisas sus inseguridades, sus miedos y sus complejos para hacer las paces con ellos. Su condición de seropositivo desde hace años, su rechazo a una masculinidad excluyente.
Y lo mejor de todo es que las canciones que lo sustentan son notables. Remiten a un romanticismo complejo, a un molde de crooner pop melodramático que podría considerarse heredero de Marc Almond, de Antony Hegarty antes de convertirse en Anhoni o de Jimmy Sommerville, aquí colaborador y desde entonces amigo íntimo. Los arreglos de cuerda, la producción de un Jamie xx que se pliega a la singularidad de Oliver, las armonías vocales… todo funciona en uno de los debuts más reconfortantes de esta temporada que recién comienza, y seguramente también del año.